domingo, 06 de septiembre de 2009., 07:39 AM - Referencias
Con fecha 29 de junio nuestro Obispo, Don Juan José, nombró Vicario General de la Diócesis a Javier Velasco Yeregui, en sustitución del recordado José Luis Moreno. Logroñés de nacimiento, riojano de corazón, también tiene raíces guipuzcoanas por parte de su madre Arantxa. Buena parte de su infancia transcurrió en la casa de su padre Agustín, en Murillo del Río Leza. Sacerdote desde 1990, aprendió a ser cura en la parroquia de Santiago de Logroño, así como en el Seminario como profesor y formador, y en la Iglesia de San Bartolomé. Por esos años gastó buena parte de sus energías en el mundo universitario riojano. Los últimos años los ha vivido en Jerusalén.

- Háblanos, Javier, precisamente de esta tu última etapa sacerdotal en Jerusalén.

- Desde1992, Tierra Santa ha sido mi casa y mi Iglesia. Fui allí por motivos académicos y la verdad es que me ido integrando en la vida eclesial – rica y compleja – en medio del Islam y el Judaísmo, y con el azote del conflicto judeo-palestino. He sido director de la Casa de Santiago, del Instituto Español Bíblico y Arqueológico de Jerusalén, al tiempo que impartía clases de Pentateuco en la Facultad de Ciencias Bíblicas.

- En estas, te llega el nombramiento de Vicario General de la Diócesis. ¿Tu reacción?

- Debo decir que siempre he vivido con cariño y apego a mi Iglesia diocesana, de la que nunca me he sentido ni ausente ni lejano. La verdad es que he aceptado el cargo “con temor y temblor”, viendo mis limitaciones – que las tengo como todos -, pero con una confianza ilimitada en el Señor que saca adelante sus planes contando con la pobreza humana. Y ¿por qué no reconocerlo? También con agradecimiento, haciendo mías las palabras del Pablo a Timoteo en el sentido de que “se fió de mí, me hizo capaz y me confió este ministerio … y eso que yo era un hombre pecador” (I Tim 1, 12)

- ¿Cómo ves tu nueva actividad pastoral?

- Básicamente la tarea que inicio es un servicio directo al ministerio del Obispo y, a través de él, a nuestra diócesis. Traducido al lenguaje corriente, he de vivir una doble y especial fidelidad. Al Obispo, ya que como sucesor de los Apóstoles garantiza la unidad y la autenticidad en la Iglesia. Y ya que él no ejerce este ministerio en soledad, las diversas vicarías, delegaciones y consejos – toda la estructura de organización diocesana – tienden justamente a eso, a hacer más efectivo el ministerio del Obispo, desde la mayor sintonía con el Pueblo de Dios. Por otra parte, y como es sabido, desde tiempo inmemorial la Iglesia estipula que un presbítero ayude al Obispo en las tareas de gobierno, con una potestad similar. Esta es la función del Vicario General. ¿Cómo entiendo mi fidelidad al Obispo? Ejerciendo generosamente la disponibilidad, la capacidad de escucha y la cercanía a todas y a cada una de las realidades diocesanas. Y si esto vale para todos los fieles con mucha más razón para mis hermanos sacerdotes.

- En el Misterio de la Iglesia todos los carismas y servicios son indispensables. ¿Lo son unos más que otros?

- Debo insistir en que a los ojos de Dios tanto vale el servicio callado de un cura de un pueblo pequeño como el de un vicario. Más aún, tan efectiva es para la Iglesia la vida contemplativa de unas monjas de clausura como la vida de unos padres que educan en la fe a sus hijos, o la de un catequista, o la de un joven que vive su fe dando la cara. Me gustaría terminar recordando que todos, y el primero el Vicario General, sólo somos pequeños trabajadores de la Viña del Señor, sembradores de su Campo. ¿Qué sea Él quien dé crecimiento a nuestros trabajos!

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