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	<title>EL OBISPO DIOCESANO</title>
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		<title>Epifanía</title>
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		<content type="text/html" mode="escaped"><![CDATA[<img src="images/epifania.jpg" width="484" height="108" border="0" alt="" /><br />¿Quién no se ha sentido extasiado contemplando las preciosas iconografías de la Adoración de los Reyes Magos? A mi me maravilla esa escena en la que la Virgen María sostiene en su regazo al Niño Dios y lo muestra a esos personajes venidos de lejos, que representan a los distintos pueblos y razas de la tierra, y que postrados adoran al Salvador del mundo.   La Virgen María se convierte, de esta manera, en la primera misionera del mundo: muestra el tesoro de la fe a quienes no conocen a Cristo. Y muestra de tal manera la ternura y el amor de Cristo que esos personajes simpáticos, como son los Reyes Magos, que le acogen con corazón ensanchado, le adoran y se vuelven llenos de alegría a su tierra donde compartirán lo que han visto y oído del Verbo de la Vida. Preciosa escena que nos muestra cómo es el apostolado, la acción misionera.<br /><br />El día de la Epifanía tenemos muy presentes a los catequistas de países de misión, hombres y mujeres sencillos que dedican su tiempo y sus personas a extender la Buena Nueva del Evangelio entre sus compatriotas. Esta jornada es también la ocasión para recordar que el Señor nos envía a todos a ser catequistas, misioneros, propagadores del amor de Dios a nuestro alrededor. ¿Cómo hacerlo? Os transcribo el precioso texto que un Padre franciscano francés, Eloi Leclerc, pone en boca de san Francisco explicando en qué consiste la evangelización. Su lectura atenta podrá ayudarnos a todos a ponernos en la pista de ser verdaderos apóstoles en medio de nuestro mundo, en el que el sufrimiento y el sinsentido de la vida parece que se va instalando con una fuerza inusitada: <br /><br />«El Señor nos ha enviado a evangelizar a los hombres, pero ¿has pensado ya lo que es evangelizar a los hombres? Mira, evangelizar a un hombre es decirle: ‘Tú también eres amado de Dios en el Señor Jesús’. Y no sólo decírselo, sino pensarlo realmente. Y no sólo pensarlo, sino portarse con este hombre de tal manera que sienta y descubra que hay en él algo de salvado, algo más grande y más noble de lo que él pensaba, y que se despierte así a una nueva conciencia de sí. Eso es anunciarle la Buena Nueva y eso no podemos hacerlo más que ofreciéndole nuestra amistad; una amistad real, desinteresada, sin condescendencia, hecha de confianza y de estima profundas. Es preciso ir hacia los hombres. La tarea es delicada. El mundo de los hombres es un inmenso campo de lucha por la riqueza y el poder, y demasiados sufrimientos y atrocidades les ocultan el rostro de Dios. Es preciso, sobre todo, que al ir hacia ellos no les aparezcamos como una especie de competidores. Debemos ser en medio de ellos testigos pacíficos del Todopoderoso, hombres sin avaricias y sin desprecios, capaces de hacerse realmente sus amigos. Es nuestra amistad lo que ellos esperan, una amistad que les haga sentir que son amados de Dios y salvados en Jesucristo»<br /><br />Y no olvidemos lo que bellamente nos decía el Papa Juan Pablo II: la fe se fortifica dándola. ¡Ojalá sepamos evangelizar con la sencillez y profundidad de los grandes apóstoles y misioneros! ¡Ojalá que el icono de la adoración de los Magos, de la Epifanía del Señor, nos anime a ser apóstoles valientes y humildes de la Buena Nueva del Señor!<br /><br />Con mi afecto y bendición.<br /><br /> <b>+ Juan José Omella Omella</b> <br /> <i>Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño</i> ]]></content>
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		<title>Sagrada Familia</title>
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		<content type="text/html" mode="escaped"><![CDATA[<img src="images/familia08.jpg" width="484" height="110" border="0" alt="" /><br />Casi todo el mundo coincide en afirmar que la familia, en Occidente, está pasando por situaciones duras y difíciles. Constatamos que en lugar de apoyarla y protegerla se la bombardea presentando otros tipos de “parejas” (como se dice hoy en día). Ante la pérdida de valores y, puesto que “hay que ampliar las libertades a toda costa”,   se facilita la separación rápida (divorcio exprés), se ofrece la mayor información posible sobre sexualidad, pero sin hablar de valores morales; se trata de ampliar al máximo la legalización del aborto y la eutanasia activa, etc. Y la familia queda, de esta manera, herida en lo más profundo de su ser. <br /><br />Sin embargo, no podemos olvidar que la familia es la célula básica de la sociedad. En ella se aprende a amar, a comportarse, a vivir en sociedad. Si la familia está unida, si en ella se vive con normalidad y profundidad el amor, la persona crece equilibrada, sin sobresaltos especiales. Pero si llega a faltar el amor, si llegan a producirse rupturas y separaciones, el resultado es que muchas personas quedan heridas afectivamente y, de manera especial, lo llegan a sentir lo más pequeños e indefensos,  los hijos.  <br /><br />«El matrimonio cristiano sacramental, no sólo representa la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, sino que, también, hace partícipes al matrimonio de esta unión. Es decir, que gracias al sacramento del matrimonio, el amor que une a Cristo con la Iglesia es el mismo que trabaja para unir, para hacer vivir, para alegrar al esposo y a la esposa», decía el P. Henri Caffarel, fundador de los equipos de Nuestra. Señora. Sí, Cristo está en el corazón del matrimonio sacramental dando fuerza y creando comunión. Dicho de otra manera, el amor consagrado por el matrimonio está destinado a hacer correr por los corazones de los esposos un poco de esa caridad divina que une a Cristo con la Iglesia. De ahí que podamos gritar a los esposos cristianos: “¡Reconoced esposos vuestra dignidad! ¡Reconoced la grandeza de vuestro amor cristiano! ¡Sed lo que sois y alcanzad lo que estáis llamados a ser!”<br /><br />Para ello, cuidad mucho la oración personal, en pareja y en familia. Es precioso ver cómo muchas familias oran con sus hijos, especialmente los domingos, el día del Señor, rezando los Laudes, el Oficio de Lecturas u otro tipo de oraciones. No olvidemos que orar es ante todo cuestión de amor. La oración brota de un corazón que ama a Dios y vive agradecido.<br /><br />Cuidad también los ratos de diálogo a corazón abierto. Se puede hacer espontáneamente, pero es conveniente dedicar un tiempo concreto para ello. ¡Qué beneficioso resulta para la pareja el tener regularmente una buena sentada para hablar y compartir preocupaciones y sentimientos! <br /><br />Y procurad siempre y en todo momento manifestar el gozo del amor. Que os vean felices. Que puedan descubrir que el amor fiel, el amor que permanece a través de los años, es como el vino riojano “gran reserva”,  porque el tiempo y los cuidados recibidos por los bodegueros hace que sea tan excelente y sabroso.<br /><br />Finalmente, cuidad y defended la vida. Fruto del amor de los esposos son los hijos. Y son tan importantes antes de nacer como después. Son seres humanos que no podemos abandonar ni destruir. El aborto y la eutanasia son caminos de muerte y de violencia destructiva. Padres cristianos, defended siempre la vida que es el don más preciado que hemos recibido del Creador. <br /><br />Queridas familias riojanas: ¡Feliz fiesta de la Sagrada Familia. Que Ella os acompañe siempre con su paz!<br /><br /><b>+ Juan José Omella Omella</b> <br /><i>Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño</i> ]]></content>
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		<issued>2008-12-27T00:00:00Z</issued>
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		<title>Venid y adoradle</title>
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		<content type="text/html" mode="escaped"><![CDATA[<img src="images/belen.jpg" width="484" height="127" border="0" alt="" /> <br />Un hombre riquísimo tenía una gran pasión por el arte. Tenía de todo en su colección, desde Picasso hasta Rafael. A menudo, se sentaba a admirar sus obras de arte. Un día, su hijo marchó a la guerra. Murió en la batalla mientras rescataba a otro soldado.  <br /><br />Su padre sufrió amargamente. Días más tarde, en vísperas de Navidad, alguien llamó a su puerta. Era un joven con un paquete que le dijo: «Señor, Usted no me conoce; soy el soldado por quien su hijo dio la vida. Salvó a muchos otros. El día en que murió me conducía a un lugar seguro cuando una bala le atravesó el corazón. A menudo me hablaba de Usted y de su amor a la pintura». <br /><br />El joven le entregó el paquete: «Sé que no vale mucho, no soy un gran artista, pero a su hijo le gustaría que fuera para Usted». El padre abrió el paquete. Era el retrato de su hijo. Contempló el cuadro con emoción y se maravilló al ver cómo el soldado había sabido plasmar la personalidad de su hijo en la pintura, sobretodo en la expresión de sus ojos. Los suyos se le llenaron de lágrimas. Agradeció al joven su oferta y quiso pagar el cuadro. «¡Oh no, Señor, nunca podría pagar yo lo que hizo su hijo por mí! Es un regalo». El padre colgó el retrato sobre la repisa de su chimenea. <br /><br />Cuando el hombre murió, se anunció la subasta de todas las pinturas que poseía. Mucha gente adinerada acudió deseando poseer alguna de las famosas obras de su colección. Allí estaba también el retrato del hijo.<br /><br />El subastador golpeó su mazo para iniciar la subasta. «Empezaremos con el retrato del hijo. ¿Qué se ofrece por este retrato?». Hubo un silencio. Una voz del fondo de la habitación gritó: “¡Olvídese de él! ¡No hemos venido por eso! Queremos los Van Goghs, los Rembrandts. ¡Vamos a las ofertas de verdad!».<br /><br />El subastador continuó con la subasta: «¡El hijo! ¡El hijo! ¿Quién se lleva el hijo?». Se oyó una voz temblorosa que venía del fondo de la sala: «¡Doy diez dólares por la pintura!». Era el viejo jardinero de la casa. Era pobre y no podía ofrecer más. <br /><br />«¡Tenemos diez dólares ¿Quién da más?». La multitud empezaba a enfadarse. No querían el cuadro del hijo. El subastador golpeó por fin el mazo: «Va a la una, va a las dos, ¡Vendida por 10 dólares!».  «¡Empecemos con la colección!», gritó uno. «Sí, que traigan las obras de valor!», dijo otro. El subastador soltó su mazo y dijo: «Damas y caballeros, la subasta ha terminado». Pero, «¿Y los cuadros?», dijeron los presentes. «Lo siento», contestó, «el testamento contenía un secreto que sólo ahora puedo revelar: solo la pintura del hijo sería subastada. Quien la comprara heredaría todas las posesiones del difunto, incluyendo su mansión y su famosa pinacoteca. Por lo tanto el que quiso al hijo se queda con todo».  <br /><br />Bonita historia que nos recuerda lo que celebramos en la Navidad: el nacimiento del Hijo de Dios en Belén. Sí, <b>se ha hecho uno de nosotros.  Acojámosle.</b>  Démosle cabida en nuestra casa, en nuestra familia, en lo más íntimo de nuestro corazón.  Los pastores de Belén, en la primera Navidad, sintieron la llamada de Dios a adorarle y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Le ofrecieron lo que tenían y lo que eran, le ofrecieron sus mismas personas, y lo anunciaron a cuantos quisieron oírles: “dieron a conocer lo que les habían dicho acerca del niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían” (Lc 2,17-18). Pero no lo olvidemos: sólo habla de Jesús, de un modo convincente, quien es capaz de adorarle.<br /><br />Hoy, en esta nueva Navidad del Tercer Milenio, Cristo nace entre nosotros. Vendrá glorioso al final de los tiempos.  Mientras tanto, como en Belén, aparece humilde, escondido, velado a nuestros sentidos. Le reconocemos en la fe. Venid y adoradle. <br /><br />Está en la Eucaristía, en ese trocito de pan consagrado por las palabras que pronuncia el sacerdote: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros” (Lc 22,19). Venid y adoradle. <br /><br />Está en cada ser humano que viene a este mundo: “Encontraréis un niño envuelto entre pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,12). Venid y adoradle. <br /><br />Está en cada persona que encontramos en nuestro camino, especialmente en el pobre y necesitado: “lo que hagáis a cada uno de estos mis hermanos más pequeños a mí me lo hacéis” (Mt 25,40). Venid, amémosle y sirvámosle.<br /><br />Queridos lectores de “Pueblo de Dios”, amigos todos, ¡Feliz Navidad! Que el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, os conceda su paz, su fuerza, su gozo, su Espíritu.<br /><br />Con mi afecto y bendición<br /><br /><b>+ Juan José Omella Omella</b> <br /><i>Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño</i> ]]></content>
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		<title>San Pablo (y II)</title>
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		<content type="text/html" mode="escaped"><![CDATA[<img src="images/sanpablo.jpg" width="484" height="160" border="0" alt="" /><br />San Pablo era ciudadano de Tarso (Turquía): soy judío, de Tarso, ciudadano de una ciudad oscura de Cilicia,  y llevará siempre el nombre de su ciudad junto al suyo propio: Pablo de Tarso.<br /><br />La ciudad de Tarso estaba situada en frente de la Isla de Chipre y era una de las ciudades más prósperas del Imperio romano.   Era como la puerta de entrada a las regiones de Siria, Taurus y Anatolia. Tenía unos 300.000 habitantes. Y era un verdadero centro cultural y económico. Tarso era también una ciudad abierta a las ciencias y a la poesía. Es curioso comprobar cómo san Pablo cita a uno de sus poetas, Arato, en su discurso en el Areópago, cuando dice: en él vivimos, nos movemos y existimos. San Pablo creció, pues, en una gran ciudad en la que se respiraba un ambiente cultural notable y en la que recibió una amplia y profunda educación humanística y teológica.<br /><br />Aunque la ciudad era fundamentalmente de cultura helenista, y conocía perfectamente esa cultura, sin embargo no dejó nunca de ser y de comportarse como judío. Dirá: ¿Qué son hebreos? Yo también. ¿Qué son israelitas? Yo también. ¿Son descendencia de Abrahán? ¡También yo!<br /><br />San Pablo pertenecía a ese grupo de judíos que vivían fuera de su tierra, judíos de la Diáspora, así se les denominaba. Eran numerosos. Se calcula que habría unos 2 millones en la cuenca del Mediterráneo y otros 2 millones más dentro del Continente asiático, a esos se les denominaba judíos babilonios. Estos judíos de la Diáspora estaban presentes en muchas naciones y regiones. Una lista de ellos se encuentra en el relato de Pentecostés: había partos, medas, elamitas, habitantes de Mesopotamia, Capadocia, el Ponto… Todas estas circunstancias configuraron la personalidad de san Pablo que no tenía dificultad para viajar por todas las ciudades y regiones del Imperio romano, proyectando viajar incluso a España, tal como queda mencionado en la carta a los Romanos. Y tampoco tenía dificultad para presentar el Mensaje del Evangelio, sin complejo alguno, a judíos y a griegos.<br /><br />Pablo, ciudadano de Tarso y judío de la Diáspora, era un gran amante de Jerusalén. Allí estaba cuando recibió el martirio san Esteban, el primer cristiano martirizado y allí quiere ir a toda costa a pesar de que creía que le iban a matar. Dice: ¿Por qué habéis de llorar y destrozarme el corazón? Pues yo estoy dispuesto no solo a ser atado, sino a morir también en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús. ¡Qué valentía la de san Pablo! Está dispuesto a ir a la ciudad en la que murió su Maestro y Señor y morir con Él y como Él, si fuese necesario.<br /><br />San Pablo ama a su tierra, pero tiene un amor más grande a Cristo el Señor, que ha cambiado su vida y la ha llenado de paz y de felicidad. Por eso será capaz de decir con toda energía: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación? ¿la angustia? ¿la persecución? ¿el hambre? ¿la desnudez? ¿los peligros? ¿la espada? [...] Nada ni nadie podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.<br /><br />Que el Señor Jesús nos ayude a crecer en esta fe y en esta valentía que poseía en grado supremo el apóstol san Pablo.<br /><br />Con mi afecto y bendición.<br /><br /><b>+ Juan José Omella Omella</b> <br /><i>Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño</i>]]></content>
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		<issued>2008-12-14T00:00:00Z</issued>
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		<title>San Pablo (I)</title>
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		<content type="text/html" mode="escaped"><![CDATA[ <img src="images/sanpablo.jpg" width="484" height="160" border="0" alt="" /> <br />El Papa Benedicto XVI ha proclamado el año jubilar de san Pablo que va del 28 de junio del 2008 al 28 de junio del 2009, con ocasión del bimilenario de su nacimiento que fue entre el año 7 y 10 de nuestra era. Con este motivo me gustaría que nos acercásemos un poco a la figura de ese gran apóstol, verdadero gigante de espiritualidad.   <br /><br />Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé en el abismo. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez. Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias. ¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién sufre escándalo sin que yo me abrase? Quien escribe esto, mejor, quien ha vivido todo eso es realmente un gran hombre. Y ha sido capaz de vivirlo porque lleva dentro de sí un amor apasionado a Cristo, el hijo de Dios. Y, como considera que es un gran tesoro conocer y amar a Cristo, tratará por todos los medios de que otros puedan descubrir ese tesoro y vivir en la amistad, en la intimidad del Señor. Por eso exclamará: Ay de mí si no anuncio el Evangelio.<br /><br />San Pablo fue, ciertamente, un predicador excepcional de las maravillas de Dios, incluso en medio de las dificultades de la vida, sin reparar esfuerzos; y lo hacía sin tregua: a tiempo y a destiempo.<br /><br />Pablo tenía un doble nombre: « Paulus », en latín, y « Saulo », en griego. Aunque judío de origen, así lo reconoce en la carta a los Filipenses: Hebreo, hijo de hebreos, se convertirá en el gran apóstol de los gentiles. Hombre universal que será capaz, como él mismo dice, de hacerse judío con los judíos, con los que están sin ley, como quien está sin ley… y todo eso por el Evangelio. Hombre universal, abierto a todo lo bueno y noble, a todas las culturas y naciones de su tiempo, pero sin abdicar para nada de sus principios, de su fe, la fe que ha recibido como don.<br /><br />Trataremos de profundizar en su persona y en su espiritualidad a lo largo de varias semanas. Os invito a que en este año jubilar de san Pablo volvamos a leer despacio sus preciosas cartas. Podemos hacerlo en privado o en grupo, pero es importante que cada día leamos unos cuantos versículos dejando que calen en nuestro corazón. En esas cartas encontraremos luz y fortaleza para nuestras vidas.<br /><br />Con mi afecto y bendición.<br /><br /><b>+ Juan José Omella Omella</b> <br /><i>Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño</i> ]]></content>
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		<issued>2008-12-07T00:00:00Z</issued>
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		<title>Tomad y comed todos de Él (y II)</title>
		<link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.iglesiaenlarioja.org/obispo/index.php?entry=entry081130-000000" />
		<content type="text/html" mode="escaped"><![CDATA[ <img src="images/comunion.jpg" width="484" height="133" border="0" alt="" /> <br />La semana pasada, en esta misma columna de la Hoja “Pueblo de Dios”, os animaba a participar frecuentemente en la Eucaristía y a recibir el Cuerpo de Cristo, alimento necesario para crecer en la fe. Os lo decía con estas palabras:  <br /><br />«Os animo a que comulguéis frecuentemente. “La Eucaristía es, a la vez e inseparablemente, el memorial del sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor”. No tiene sentido, pues, asistir a Misa en el templo y no comulgar, algo que el Concilio ya analizó en su constitución sobre la Liturgia: “Se recomienda especialmente la participación más perfecta en la misa, recibiendo los fieles, después de la comunión del sacerdote, del mismo sacrificio, el Cuerpo del Señor”. No comulgar en misa es, en definitiva, ir a un banquete y no comer. ¡Qué contrasentido!».<br /><br />Hoy quiero recordaros  algunas disposiciones de la Iglesia con respecto a la comunión, que son a menudo objeto de comentario y también  de crítica hacia los sacerdotes, precisamente por la falta de correcta información. Se trata de disposiciones que rigen para la Iglesia universal y son las siguientes:<br /><br />- Los padres, así como el párroco, deben poner los medios necesarios para que los niños se preparen convenientemente para recibir la primera comunión. “Corresponde al párroco vigilar para que no reciban la santísima Eucaristía los niños a los que no juzgue suficientemente dispuestos”<br /><br />- “No deben ser admitidos a la sagrada comunión los excomulgados y los que obstinadamente persisten en un manifiesto pecado grave” [4]. Se trata de supuestos proyectados en el fuero externo. Dicho de otro modo, el sacerdote no debe negar públicamente la comunión más que a aquellos fieles cuya situación de pecado sea notoria y pública. Se extiende también a los católicos unidos sólo por el matrimonio civil, los divorciados y nuevamente casados por vía civil Nos dejó dicho el Papa Juan Pablo II: La Iglesia fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio. [5]<br /><br />- Y no quiero dejar de recordaros la delicadeza con que hemos de acercarnos a la Sagrada Comunión, que exige también no olvidar el ayuno eucarístico, esto es, de la abstención de todo alimento  y bebida (exceptuada el agua y las medicinas) al menos una hora antes de la sagrada comunión.<br /><br />Termino con una recomendación que ha hecho mucho bien a las almas en todos los tiempos. No dejemos nunca de adorar al Señor presente en la Eucaristía; entremos, a lo largo del día, alguna vez en la iglesia parroquial o en alguna capilla, y permanezcamos un rato a solas con el Señor, con quien sabemos que nos ama. Estoy seguro de que vuestro corazón quedará ensanchado, reconfortado, alentado y animado. Y vuestra vida adquirirá otra dimensión, al experimentar que el Señor camina con vosotros, está cerca de vuestras vidas, es un caminante y vecino más de tu parroquia, de tu pueblo, de tu ciudad. Esa oración de adoración nos ayudará a descubrir el rostro de Dios, presente en los hermanos que encontramos cada día junto a nosotros por los caminos de la vida, aún en medio de nuestras miserias, pecados y sufrimientos. El nos busca y nos ama.<br /><br />Con mi afecto y bendición,<br /><br /> <b>+ Juan José Omella Omella</b> <br /> <i>Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño</i> ]]></content>
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		<issued>2008-11-29T00:00:00Z</issued>
		<modified>2008-11-29T00:00:00Z</modified>
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		<title>Tomad y comed todos de Él (I)</title>
		<link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.iglesiaenlarioja.org/obispo/index.php?entry=entry081123-000049" />
		<content type="text/html" mode="escaped"><![CDATA[ <img src="images/comunion.jpg" width="484" height="133" border="0" alt="" /> <br />A propósito del primer mandamiento de la Iglesia, Oir Misa entera los domingos y fiestas de guardar, os ofrecía, queridos lectores de “Pueblo de Dios”, algunas sencillas reflexiones acerca de la Misa, del Sacrificio Eucarístico, memorial de la muerte y resurrección del Señor, por el que se lleva a cabo la edificación   del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Y os escribía, asimismo, de la veneración que hemos de profesar a la Eucaristía tomando parte activa en la celebración del Sacrificio del altar.<br /><br />Hoy quiero llamar vuestra atención acerca de la Comunión, forma más coherente y suprema de participación.<br /><br />Los mayores recordamos cómo la vivencia de la Comunión era expresada en los antiguos catecismos de una forma minimalista, comulgar una vez al año, por Pascua, exigencia mantenida de alguna manera por la actual ley de la Iglesia, el Código de Derecho Canónico, que la recoge en su artículo 920: “Todo fiel, después de la primera comunión, está obligado a comulgar por lo menos una vez al año”.<br /><br />El evangelista Juan nos narra, con una plasticidad maravillosa en el capítulo sexto de su evangelio, que la primera vez que el Señor Jesús habló de la Eucaristía fue después de la segunda multiplicación de los panes y de los peces. Les dijo: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él”. Muchos de sus discípulos, al oír a Jesús, dijeron: “Esta doctrina es inadmisible. ¿Quién puede aceptarla?”. Y concluye san Juan, testigo de excepción de aquella escena: “Desde entonces, muchos de sus discípulos se marcharon y ya no iban con él”.<br /><br />Aquel rechazo se ha dado a lo largo de los siglos y hoy, desgraciadamente, se sigue dando también. ¡Cuántos bautizados niegan con los hechos la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía y cuántos desdeñan el comulgar porque no les dice nada! <br /><br />Queridos lectores de esta Hoja “Pueblo de Dios”, os animo a que comulguéis frecuentemente. “la Eucaristía es, a la vez e inseparablemente, el memorial del sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor”. No tiene sentido, pues, asistir a Misa en el templo y no comulgar, algo que el Concilio ya analizó en su constitución sobre la Liturgia: “Se recomienda especialmente la participación más perfecta en la misa, recibiendo los fieles, después de la comunión del sacerdote, del mismo sacrificio, el Cuerpo del Señor”. No comulgar en misa es, en definitiva, ir a un banquete y no comer. ¡Qué contrasentido!<br /><br />Jesús elige el pan para hacerse presente entre nosotros. ¿Qué significa eso? Que el pan es alimento. Cuando Jesús dice: “tomad y comed”,  y nos entrega el pan diciendo “esto es mi Cuerpo”, ciertamente quiere indicarnos algo. ¿Qué? Quiere decirnos que está tan verdaderamente presente bajo las especies de pan y de vino, que podemos vivir de él. Nos es tan presente como el alimento. Sí, el pan es alimento básico y necesario para vivir. El vino nos evoca la fiesta, como el pan nos evoca el trabajo, ganarse el pan decimos. Jesús quiere decirnos, mediante el signo del pan y del vino, que quiere hacerse presente en nuestra vida cotidiana, en las alegrías y en las penas. Partiendo el pan y a través del vino nos indica que quiere estar presente física y espiritualmente con nosotros. Quiere hacerse alimento, quiere que esta presencia se selle en el gozo y la amistad: quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él.<br /><br />Pero no podemos entender del todo esta presencia misteriosa de Dios en la Eucaristía si no es mediante la fe. El Catecismo de la Iglesia Católica nos ayuda a ello. Si el Señor está todo entero en el pan de la Eucaristía, eso no quiere decir que está allí con su cuerpo físico, como lo estaba en Galilea mientras vivió en esta tierra, sino que significa que está presente con toda la esencia de su ser. Está vere, reáliter, substantialiter, es decir, verdadera, real y sustancialmente presente, con toda su esencia. Es Él mismo con su cuerpo, su alma y su divinidad. ¿Qué nos queda sino decir con Santo Tomás de Aquino “Adoro te devote, latens Deitas”, es decir, Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.<br /><br />No olvidemos la preparación debida para ese momento tan grande y tan santo. Así, el Catecismo nos recuerda algo obvio y elemental: “Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el Sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar”.<br /><br /><b>+ Juan José Omella Omella</b>  <br /><i>Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño</i> <br />]]></content>
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		<issued>2008-11-22T00:00:00Z</issued>
		<modified>2008-11-22T00:00:00Z</modified>
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		<title>Tú eres testigo de la fe de la Iglesia</title>
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		<content type="text/html" mode="escaped"><![CDATA[<img src="images/xtantos.jpg" width="484" height="86" border="0" alt="" /><br />Una vez más llamo a vuestra puerta, queridos amigos de “Pueblo de Dios”, bautizados en la fe de la Iglesia; una vez más llamo a vuestra puerta para deciros, mejor para recordaros, que esta familia que somos los cristianos se sostiene y puede realizar su misión gracias a la ayuda de todos vosotros.  <br /><br />Agradezco vuestra participación en la actividad apostólica de la Iglesia. Sois verdaderos apóstoles cuando vivís la fe, recibida en el bautismo, con gozo y sin complejos, en medio de los ambientes en los que os movéis; cuando tratáis de transmitir la fe, con respeto y dignidad, a vuestros hijos y nietos. No olvidéis lo que nos decía el Papa Juan Pablo II: la fe se fortifica dándola. A veces nuestra débil fe es la consecuencia de que no nos esforzamos por transmitirla con valentía y generosidad.<br /><br />Sois verdaderos apóstoles cuando os comprometéis en alguna actividad de la Iglesia como es la catequesis, la pastoral familiar o de enfermos, los equipos de liturgia, los grupos de limpieza, la coral, grupos misioneros etc. Y sois verdaderos apóstoles cuando dedicáis parte de vuestro tiempo a trabajar en Cáritas, en Pastoral penitenciaria, con los emigrantes, defendiendo la vida en todas las etapas, promoviendo la paz y la justicia. <br /><br />Y sois verdaderos apóstoles cuando oráis por las necesidades del mundo y de la Iglesia: a través de la Red de Intercesores, de la Adoración nocturna, del Apostolado de la oración u ofreciendo vuestro dolor y penalidad por la salvación del mundo. <br /><br />Os felicito por vuestro compromiso, os doy mi más cordial enhorabuena y os digo con san Pablo: sois mi gozo y mi corona, manteneos así firmes en el Señor.<br /><br />Pero hoy, Día de la Iglesia Diocesana, me atrevo a llamar a las puertas de vuestras casas y de vuestros corazones para pediros una ayuda más. Sé que estamos atravesando una gran crisis económica y que debemos estar vigilantes para no derrochar nuestros pequeños fondos de reserva, si es que los tenemos. A pesar de esta crisis económica de carácter global me atrevo a pediros una vez más que seáis generosos con la Iglesia. Llamo a vuestras puertas y os pido ayuda personal y económica. Los cauces de ayuda son múltiples: la oración, la colaboración personal en todas las tareas parroquiales, vuestra aportación a la Parroquia en las colectas de las Misas, poniendo la X a favor de la Iglesia y a otros fines de interés social en la declaración de la renta. En este Día de la Diócesis os pido especialmente por las necesidades a las que tengo que atender como Obispo de La Rioja, desde la construcción y el arreglo de las iglesias, hasta la organización de las actividades pastorales; por eso agradezco, especialmente, vuestra generosidad en la colecta de este Día y otras fórmulas que hay de colaborar, como donativos, legados y herencias a favor de la Diócesis o la suscripción periódica con domiciliación bancaria. Vuestra ayuda contribuirá a fortalecer la labor y el papel que la Iglesia realiza en todos los ámbitos de la sociedad, labor que no puede ser suplida por ninguna otra institución. De vosotros, de ti, depende, ¡Participa!<br /><br />Con mi afecto y bendición.<br /><br /><b>+ Juan José Omella Omella</b> <br /><i>Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño</i> ]]></content>
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		<issued>2008-11-15T00:00:00Z</issued>
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		<title>El perdón de los pecados (y II)</title>
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		<content type="text/html" mode="escaped"><![CDATA[ <img src="images/enlacruz.jpg" width="484" height="147" border="0" alt="" /> <br />La semana pasada os comentaba, queridos lectores de “Pueblo de Dios”, cómo el poder y la grandeza de Dios se manifiestan especialmente en el perdón que nos ofrece a todos. Y ese perdón del Señor nos llega ordinariamente a través del Sacramento de la Confesión.   Será conveniente, antes de continuar reflexionando, recordar lo que es el pecado: El pecado es una opción deliberada (libre) y conscientemente elegida, contra la voluntad de Dios. No se debe confundir la tentación con el pecado. El demonio nos invita a pecar (tentación), pero podemos resistir y vencer con la ayuda de Dios. Jesús también fue tentado pero rechazó al demonio. Quien resiste la tentación abrazando la cruz y confiando en Dios, se fortalece y vence al demonio.<br /><br />Ningún mal hay mayor que el pecado. Lesiona el honor de Dios, lesiona su amor, mina la propia dignidad del hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, más aún, hijo de Dios, y también repercute en la vida espiritual de toda la Iglesia. De ahí que todo pecado afecta no sólo al bien del que lo comete, sino a todos sus hermanos y hermanas que componemos ese Cuerpo misterioso – místico– que es la Iglesia. Y de ahí, también, que la Reconciliación deba tener un sentido eclesial que se ha de manifestar en las formas ricas y variadas de las celebraciones penitenciales.   <br /><br />Cuando estudiábamos en el Catecismo los Mandamientos de la Iglesia decíamos que había que “confesar los pecados mortales al menos una vez al año y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar”. La Iglesia hoy nos anima y nos estimula a una confesión frecuente, no solamente una vez al año. Yo también os animo a todos, mayores y jóvenes, a aprovechar la maravilla de la misericordia y del cariño de Dios que es la confesión. Vividla frecuentemente y con corazón ensanchado para recibir todo el amor que Dios nos ofrece en ese Sacramento.   <br /><br />Sé que mis hermanos sacerdotes ponen todo su empeño por facilitar a los fieles a ellos encomendados la práctica de este tesoro de la gracia divina. Sé, asimismo, que hacen todo lo que está en su mano para que las celebraciones penitenciales tengan el regusto de lo bien hecho. Y sé, finalmente, que se esmeran en cumplir con gran sensibilidad y entereza lo que la Iglesia indica para la correcta celebración de este sacramento que – no lo olvidemos – siempre exigirá esfuerzo, pues a nadie le resulta grato manifestar sus propias miserias y deficiencias aunque sea en un ámbito personal, auricular y secreto como es el de la confesión.  <br /><br />Pido para todos el don precioso del arrepentimiento, de la búsqueda de la misericordia de Dios y del deseo sincero y eficaz de mejorar nuestras vidas con la ayuda de Dios. Friedrich Nietzsche, en su juventud, escribió palabras apasionadas, signo de la necesidad de misericordia divina que todos llevamos dentro: «Una vez más, antes de partir y dirigir mi mirada hacia lo alto, al quedarme solo, elevo mis manos a Ti, en quien me refugio, a quien desde lo profundo del corazón he consagrado altares, para que cada hora tu voz me vuelva a llamar… Quiero conocerte, a Ti, el Desconocido, que penetres hasta el fondo del alma y como tempestad sacudas mi vida, tú que eres inalcanzable y sin embargo semejante a mí! Quiero conocerte y también servirte». San Francisco de Asís, que expresa la verdad de una vida renovada por la gracia del perdón, nos dejó estas preciosa oración como fruto de una sincera conversión: «Señor, haz de mi un instrumento de tu paz. Que allá donde hay odio, yo ponga el amor. Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón. Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión. Que allá donde hay error, yo ponga la verdad. Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe. Que allá donde hay desesperación, yo ponga la esperanza. Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz. Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría. Oh Señor, que yo no busque tanto consolado, cuanto consolar, ser comprendido, cuanto comprender, ser amado, cuanto amar». <br /><br />Ojalá que podamos llegar, todos nosotros, a vivir esto que nos han regalado estos escritores citados <br /><br />Con mi afecto y bendición.<br /><br /><b>+ Juan José Omella Omella</b> <br /><i>Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño</i> ]]></content>
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		<issued>2008-11-08T00:00:00Z</issued>
		<modified>2008-11-08T00:00:00Z</modified>
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		<title>El perdón de los pecados (I)</title>
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		<content type="text/html" mode="escaped"><![CDATA[ <img src="images/enlacruz.jpg" width="484" height="147" border="0" alt="" /> <br />Aún resuenan en mi mente y en mi corazón aquellas palabras, hechas plegaria, del Papa Juan Pablo II en su primer viaje apostólico, a Méjico en concreto, en enero de 1979. Ante la imagen de la Virgen de Guadalupe pidió algo de lo que estamos todos tan necesitados: “Virgen de Guadalupe, esperanza nuestra,   míranos con compasión, enséñanos a ir continuamente a Jesús, y si caemos, ayúdanos a levantarnos, a volver a Él, mediante la confesión de nuestras culpas y pecados, en el sacramento de la Penitencia, que trae sosiego al alma”.  <br /><br />En este escrito pretendo recordar, queridos lectores de “Pueblo de Dios”, algunas consideraciones sencillas sobre el sacramento de la reconciliación, las de siempre, las que ha repetido invariablemente la Iglesia y que nos han transmitido nuestros padres. <br /><br />La primera consideración no puede ser otra que el origen de este sacramento en el que se muestra especialmente la riqueza de la misericordia de Dios. Ese Dios, definido por Juan Pablo II como “dives in misericordia” (rico en misericordia), o por Benedicto XVI “Deus cáritas est” (Dios es amor), ese Dios que por boca de su Hijo Jesús, la tarde del primer día de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se hallaban los discípulos por temor a los judíos, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo: a quien perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos”. Así, de esta manera tan sencilla y tan plástica, el Señor estableció un modo, el más seguro para nosotros pecadores, de que nos es concedido su perdón por medio de aquellos primeros apóstoles, de sus sucesores los obispos, y los colaboradores de estos que son los presbíteros.<br /><br />¡Qué seguridad tan grande tenemos y qué gran paz nos proporciona el que un sacerdote, una vez escuchado el relato sencillo y sincero de nuestras faltas, actuando en el nombre y en la persona de Cristo, nos diga nada menos que “yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, del Hijo  y del Espíritu Santo”! <br /><br />Me comentaba en una ocasión un joven japonés, budista de religión, que la grandeza que estaba descubriendo en la religión católica estribaba no tanto en un Dios creador o en un Dios redentor, sino en un Dios que perdona, y no una vez solo, sino “setenta veces siete, esto es, siempre”. <br /><br />Y no se equivocaba, porque la grandeza de Dios no está en hacer milagros ni signos prodigiosos. El poder de Dios está en ofrecernos diariamente y gratuitamente su perdón. Así lo expresa bellamente la oración colecta de la Misa del Domingo veintiséis del tiempo ordinario: Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia, derrama incesantemente sobre nosotros tu gracia, para que, deseando lo que nos prometes, consigamos los bienes del cielo. ¡Ojalá sepamos acercarnos siempre al Dios del perdón y de la misericordia con corazón humilde y generoso! <br /><br />Con mi afecto y bendición.<br /><br /><b>+ Juan José Omella Omella</b> <br /><i>Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño</i>]]></content>
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