Carta del Obispo

Danos santos sacerdotes

 

                                                                                                        

Queridos amigos:

Una vez más, llamo a la puerta de vuestro corazón para pediros que no dejéis de rezar a Dios para que nos dé abundantes y santos sacerdotes.
En este año Jubilar, con motivo del ciento cincuenta aniversario de la muerte del santo Cura de Ars, Juan Mª Vianney, todos nos sentimos llamados a valorar la belleza del ministerio sacerdotal, y a responder a la llamada universal del Señor a la santidad, cada uno desde nuestra propia vocación.
Ciertamente, el Cura de Ars era un hombre sencillo, sin gran preparación intelectual. Comprendía mal el latín, lengua de la Iglesia y de la liturgia de aquel tiempo, pero entendía muy bien de amor a Dios y de entrega a su plan de salvación. Y con generosidad se entregó a Él sin medir esfuerzos. Y se entregó a sus feligreses, amándolos de todo corazón, pero con un amor que sabía sacarlos de la mediocridad e impulsarlos al bien.
Necesitamos sacerdotes que, además del conocimiento teológico del misterio de Dios, tengan la experiencia personal, en su propia biografía, del amor de Dios, que se hayan encontrado con Él, con su salvación, y que nos hablen de esta maravillosa aventura que consiste en dejarse conducir por el Dios del Amor. Nuestro mundo escucha más a los testigos que a los maestros, decía el Papa Pablo VI, y si escucha a los maestros es porque son testigos. Necesitamos esos testigos de Dios. Recemos para que los sacerdotes, seminaristas y todos los cristianos seamos verdaderos testigos creíbles de Dios.
Os transcribo el precioso relato de la conversión a Dios del que fue Cardenal Arzobispo de París, Jean Marie Lustiger. El encuentro con Cristo transforma la vida de cualquiera. Recemos todos para que ese encuentro se produzca en todos nosotros, especialmente en los sacerdotes y seminaristas de nuestra Diócesis.
« Un joven judío entró en la catedral de Varsovia, un Jueves Santo, día de la conmemoración de la Institución de la Eucaristía, la Cena del Señor. Tuvo la impresión de que allí se celebraba una liturgia muy semejante a la que celebran los judíos. Sin embargo le llamó mucho la atención el lavatorio de los pies a doce personas y preguntó, a quien estaba a su lado, qué significaba ese rito. La persona interrogada le pasó una hoja en la que estaba escrito precisamente el texto del Evangelio de ese día: Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora… se levanta de la mesa, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en una jofaina y se puso a lavar los pies de los discípulos.
El joven judío salió de la catedral con la convicción de que aquellas personas reunidas en aquel templo querían a Jesús y querían a los hermanos de asamblea. Dándole vueltas a lo que había leído y visto, llegó a entender que, en medio de esa gente, estaba Jesús: presente en la Eucaristía y en el signo del lavatorio de los pies.
Cuando ese joven volvió al templo el día de Viernes Santo, se conmovió nuevamente en la liturgia de ese día, ante la imagen de Cristo Crucificado, mientras cantaba el diácono en medio de la asamblea: Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo. Y, pensando en los sufrimientos que tuvo que padecer el Señor, repetía interiormente, desde el fondo de su corazón: Ha muerto por mí. Sus heridas me han curado.
El Sábado Santo, en la Vigilia Pascual, fue cuando una luz interior le cambió el corazón. Estuvo a punto de pedir el bautismo cuando se acercaron unas cuantas familias a bautizar a sus hijos. Aquella noche pasó, pero el resplandor de esa luz, que brotaba del cirio pascual, quedó grabado en su corazón para siempre.
Ese judío recibió tiempo después el bautismo y durante años alimentó la fe de muchas personas, desde el ministerio pastoral como arzobispo cardenal de Paris ».
Vivamos con intensidad las celebraciones de la Semana Santa. Acerquémonos agradecidos a Cristo en su pasión, en la que destruyó nuestros pecados (origen último de todo sufrimiento) y en la que venció a la muerte (no nos moriremos para siempre): entremos en su misterio pascual, para que podamos resucitar ya con Él a una nueva vida de alegría y de entrega generosa a la extensión del Reino de Dios, sembrando la esperanza en los ambientes donde nos movemos.
Con todo mi afecto.


             

                                                             + Juan José Omella Omella

                                                    Obispo de Calahorra y la Calzada-Logroño