Día del seminario 2009

Muchas
veces se oye la queja de que estamos en un mundo inmisericorde. Bueno, quizás
no se dice esa palabra, pero si su concepto: los ancianos en soledad, la crisis
que afecta a tantas familias que quedan sin ninguna posibilidad de medios
económicos por el paro o por la ruina, los que viven su existencia
como en una continua fiesta sin acordarse de los que sufren, la terrible plaga
del aborto, los enfermos que va haciendo esta sociedad consumista, los jóvenes
sin ilusiones y apáticos, el mundo político, laboral y social
lleno de zancadillas y odios, por que cada cual quiere alcanzar un puesto
o una ganancia mayor a costa de lo que sea… En fin podríais vosotros
decir tantas cosas que no cabrían aquí.
Pero creo que en este mundo, entre otras, brilla una luz, y seriamos unos
desgardecidos si la negásemos: la Iglesia y sus sacerdotes.
No tenemos más que mirar nuestra propia existencia para darnos cuenta
como nos ha ayudado la presencia cercana, oculta y eficaz de los sacerdotes.
En ellos se encuentra cercana y realizada la misericordia que Dios ha derramado
en el mundo por su Hijo Jesucristo que se ha dejado abrir su Corazón
para que todos pudiéramos entrar en él y nos encontrarnos con
su misericordia de padre y madre.
Hemos recibido por medio de los sacerdotes el consuelo ante la muerte de los
que amamos; el perdón y la reconciliación con Dios en el Sacramento
de su Misericordia en el que nos limpia como una madre a su hijo; hemos recibido
el consejo sabio y oportuno que nos ha abierto caminos de misericordia, amor
y perdón para cuantos nos rodean, nos han dado la palabra viva de aquel
que nos lleva a ser misericordia de Dios para el mundo, para con los enfermos,
para con los pobres a quienes les falta lo mas importante: el pan, el desarrollo
y Dios.
¿No creéis que merece la pena poner todo lo que esté
de nuestra parte para que no falten esos testigos y medianeros de la Misericordia
de Dios?
Pues habrá que hacerlo. Y para ello hay que formar y ayudar a los niños
y jóvenes a que maduren en ese ámbito donde se les introduce
a gustar ese plan de Dios para el mundo. Y ese es el Seminario.
La vida y la misión del sacerdote, aunque ardua y delicada, sigue resultando
apasionante para aquellos jóvenes que se sienten urgidos a propiciar
y favorecer, entre unos y otros, la armonía, el equilibrio, el respeto,
la libertad, la dignidad, el cariño, la reconciliación con uno
mismo, con los demás y con Dios… Un regalo, una gracia, un verdadero
valor ecológico para la humanidad.
Con la celebración de la Campaña del Día del Seminario
proponemos a toda la comunidad diocesana que dé gracias a Dios, en
primer lugar, por los sacerdotes que tiene; que rece por su santificación;
colabore económicamente para el sostenimiento del seminario; y pida
encarecidamente que el Señor le regale los sacerdotes que la Iglesia
necesite en cada momento para seguir siendo signo de esperanza en el mundo.
Javier Fernández
Cascante
Rector del Seminario