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PASTORAL VOCACIONAL

- Carta Pastoral del Obispo Diocesano

 
   

CARTA PASTORAL "Salió el sembrador a sembrar"
El Seminario y la pastoral vocacional

 

Queridos diocesanos:

El día 8 de diciembre de 1933, el entonces obispo de nuestra diócesis, D. Fidel García, publicaba una carta pastoral titulada “El Seminario y la Obra de Vocaciones Eclesiásticas”; comenzaba el texto con una preciosa cita del Papa León XIII.

Al escribiros esta carta, quiero empezar también con esa misma cita, significando con ello mi deseo de unirme, en la transmisión ininterrumpida de la misión pastoral, a aquella gran acción que emprendió Don Fidel y que sigue siendo, para todos nosotros, una llamada a seguir sus pasos: trabajar incansablemente por el Seminario y las Vocaciones al ministerio presbiteral; confiar plenamente en el Señor, Dueño de la mies, que no dejará de suscitar los carismas necesarios para la edificación y consolidación de su Iglesia; seguir rezando incansablemente por las vocaciones a la vida sacerdotal, consagrada y laical.

Así decía el Papa León XIII, en su Encíclica “Paternae” del día 18 de septiembre de 1899: “Hay cosas tan necesarias al bien de la Religión, que no basta indicarlas una vez; antes deben recordarse y recomendarse insistentemente. A éstas pertenece sobre todo el cuidado de los Seminarios, de los que depende la suerte de la Iglesia”.

Mi venida como Obispo vuestro ha coincidido con el año en que se celebra el 75 aniversario de la inauguración del nuevo Seminario de Logroño. Una institución que todos lleváis tan dentro y que tiene tal importancia, que bien la podemos llamar, como han dicho los Papas, “el corazón de la Diócesis”. Desde el palpitar de este corazón y participando yo también en los mismos sentimientos, os dirijo esta carta, que quiere contribuir a la alegría de las celebraciones y, a la vez, suscitar un nuevo impulso en la pastoral vocacional.

Celebrar esta efemérides suscita en nosotros un doble sentimiento. Por un lado es el gozo y la acción de gracias por esos “75 años dando buen fruto”, como reza el eslogan de la conmemoración. Y por otro, la preocupación ante la escasez actual de nuevas vocaciones sacerdotales, que no nos debe llevar a la tristeza o al pesimismo paralizante y estéril, sino al compromiso cargado de esperanza.

Acción de gracias

Nuestra primera mirada de agradecimiento va dirigida al misterio de Dios Trinidad: el Padre de misericordia, por medio de su Hijo Jesucristo, en el amor desbordante del Espíritu Santo, ha derramado con inmensa generosidad sus dones en la historia de nuestro Seminario. La imagen de la Trinidad es el eje del grandioso mural del presbiterio de la Capilla mayor, que plasmó magistralmente el pintor Arteta. Sean dadas gracias al Dios Padre, que con amorosa providencia ha cuidado la vida y la vitalidad de esta casa con todas las personas que la han ido configurando. Gracias al Espíritu Santo, que ha repartido el carisma de la vocación sacerdotal en tantos jóvenes riojanos a lo largo de estos lustros y ha mantenido en sus corazones la llama viva del amor en una entrega generosa e incondicional. Gracias a nuestro Señor Jesucristo, centro del mural y centro de la Iglesia, del Seminario y de la vida de todo sacerdote: siguiéndole a Él y tratando de ser signo y transparencia suya en medio del mundo y de las personas, se han ordenado en este Seminario más de 500 sacerdotes.

Como a los Apóstoles del presbiterio, también a estos nuevos apóstoles del siglo XX y del XXI, el Señor resucitado los envía y nos sigue enviando a anunciar el Evangelio a todo el mundo. La media esfera del ábside del Seminario quiere cerrarse y abarcar al mundo entero en un abrazo de amistad y de evangelización. Lo llevan a cabo todos los sacerdotes que, por todos los rincones de La Rioja y en todos los continentes del mundo, hacen presente el amor a Dios y a los hermanos que aprendieron en este Seminario. Gracias a Dios por tanta generosidad. Gracias, hermanos sacerdotes, por vuestra entrega constante y desinteresada al servicio del Evangelio.

La figura orante de María, que pone su belleza, su ternura, su docilidad y su pobreza, en un lado del mural, es la Madre de la Iglesia, la vigilante cuidadora de sus hijos en las tareas apostólicas, la referencia de la fidelidad y la firmeza de la esperanza. En sus manos queremos poner la acción de gracias que elevamos a Dios por todas las familias que confiaron al Seminario la educación de sus hijos, casi 4.000. Unos llegaron a ser sacerdotes; otros, en el proceso de discernimiento vocacional, vieron que no era ése el camino por donde Dios les llamaba, pero aprendieron aquí a ser buenos cristianos y ciudadanos responsables en el ejercicio de su profesión.

Con María también y recogiendo sus mismas palabras, queremos que nuestra alma proclame las grandezas de Dios, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en nosotros a través del Seminario. A través de los diversos equipos de Rectores, formadores y profesores, que han entregado lo mejor de su vida a la educación de los seminaristas, con el desprendimiento y la esperanza del sembrador. Sin olvidar a las Religiosas Hijas de San José y a todas las personas, cada cual en su trabajo, que han contribuido a llevar adelante la tarea formativa del Seminario, haciendo que tantos cientos de jóvenes crecieran sanos de cuerpo y de espíritu.

Nuestro agradecimiento a Dios es de un modo muy especial por el Obispo fundador del Seminario, D. Fidel García, cuya figura está representada en el ábside en San Matías, el apóstol elegido tras la Resurrección y Ascensión del Señor. Sus manos señalan y encomiendan a los seminaristas, futuros sacerdotes, que están llamados a continuar la tarea evangelizadora. Este Seminario es la obra cumbre del largo y fecundo ministerio pastoral de D. Fidel en la Diócesis. A él entregó su inteligencia, su corazón y sus desvelos. Tanto en la construcción, que el cuidó hasta el más mínimo detalle, como en la dotación de Reglamento, formadores y profesorado. En la creación de la Obra de las Vocaciones, que tantos frutos ha dado, y en la promoción de numerosos y generosos bienhechores que con sus bienes hicieron posible construir el Seminario y mantenerlo, además de prestar ayuda económica imprescindible a muchos seminaristas. Para ellos nuestro recuerdo agradecido y nuestra oración. Por el Seminario lo apostó todo aquel entusiasta Obispo, sabiendo que en él estaba la clave de la fecundidad pastoral de la Diócesis, como lo han demostrado los años. Por eso, quiso ser enterrado en el Seminario, recabando las oraciones de los seminaristas y los sacerdotes. A la par que agradecemos al Señor esta obra de D. Fidel, lo encomendamos para que lo haya admitido en su gozo, como servidor bueno y fiel.

Y junto a D. Fidel, hemos de agradecer también el afecto y el apoyo al Seminario de los Obispos que le han seguido en el gobierno de la Diócesis: D. Abilio del Campo, que tanto gozaba en las numerosas ordenaciones sacerdotales de cada año y que, al final de su vida, manifestaba que ofrecía todo por el Seminario y las vocaciones. D. Francisco Álvarez, que trabajó por la puesta en marcha de los proyectos formativos renovados, conforme a las directrices del Concilio Vaticano II, y optó por mantener el Seminario como edificio de la Iglesia, referencia para la Diócesis. D. Ramón Búa, que quiso vivir en el mismo Seminario y dio un nuevo impulso para adecuar sus instalaciones al servicio de la pastoral y de la vida diocesana.

Por mi parte, deseo continuar esta trayectoria episcopal de cercanía y cariño al Seminario y estimulando a toda la Diócesis a que siga apoyando a esta institución de importancia fundamental para la transmisión de la fe y para la vitalidad de nuestras comunidades cristianas. Toda la comunidad diocesana se alegra en este 75 aniversario, porque es algo muy suyo y que le pertenece. Por eso mismo, todos hemos de asumir el compromiso a favor del Seminario y las vocaciones.

Compromiso por el Seminario

Hay un primer compromiso, por parte de la Diócesis, de conservar este edificio ya histórico, con sus parques, y adecuarlo para darle su máxima rentabilidad pastoral. Ya no es el Seminario un lugar en las afueras de Logroño, como en 1929. Ya sabéis que, en estos momentos, tenemos empleadas más de tres cuartas partes de las instalaciones: Una de las alas es, desde hace 7 años, el lugar de las Oficinas diocesanas, con los despachos del Obispo, las Vicarías, Delegaciones y Secretariados, además de salas de reuniones para los Consejos Diocesanos, formación permanente del clero, Instituto de Teología y Pastoral, reuniones de movimientos, etc.

Otra ala, rehabilitada, se acaba de inaugurar en Septiembre de este año como Casa diocesana de convivencias y espiritualidad; no se ha escatimado dinero, para que reúna las mejores condiciones y esperamos sea muy utilizada como consecuencia, y a la vez estímulo, de la vitalidad de nuestros grupos y comunidades. La parte delantera del Seminario está dedicada a vivienda del Obispo y al Archivo histórico diocesano y Biblioteca. Y otra de las alas se reserva para los seminaristas, cuando vienen de Burgos, y para las actividades del Pre-Seminario y pastoral vocacional. Quiera Dios que vaya aumentando el número de alumnos del Seminario Menor, que este año ha comenzado en Burgos, para que puedan venir pronto al edificio de Logroño.

Compromiso por las vocaciones

Pero el compromiso más importante no es el del edificio, sino el que hemos de hacer a favor del Seminario como institución dedicada a preparar a los que han de ser los pastores de nuestras comunidades cristianas. Es decir, un planteamiento que suponga empeñarnos, como Diócesis, en ser altavoces de Dios en la llamada vocacional y mediadores suyos en crear el clima propicio para que pueda ser acogida con generosidad.

En La Rioja, como en otras partes de España, se ha experimentado en estos últimos años un fenómeno que deberíamos calificar, al menos, de preocupante: el envejecimiento del presbiterio diocesano a la vez que la disminución del número de seminaristas, tanto en el Seminario Mayor como en el Menor, hasta el punto de llegar a cerrar en el año 2000 el Seminario Menor y tener que trasladar el Mayor a la ciudad de Burgos.

No hay que ser demasiado observador para darse cuenta de que, en los próximos años, disminuirá el número de sacerdotes en activo, por las obligadas jubilaciones y por la falta actual de ordenaciones de presbíteros

El fomento de nuevas vocaciones, de manera especial para el presbiterio diocesano, es un tema mayor en nuestras preocupaciones pastorales, porque de él depende en gran medida el futuro de nuestra Iglesia particular. En efecto, el sacerdote es imprescindible para construir la Iglesia como misterio de comunión y misión.

La Iglesia es comunión porque expresa la comunión trinitaria, comunidad de amor, comunidad familiar, en la pluralidad de carismas y ministerios con que el Espíritu Santo la enriquece. En ella todos los bautizados son necesarios y deben ser miembros activos, aportando el don recibido para la edificación de la comunidad. El carisma presbiteral está al servicio de los demás carismas, para impulsarlos y garantizar en toda su actividad la comunión eclesial, como vínculo de unión con el Obispo. Aquí vale la ley de los vasos comunicantes: en la medida en que suban las vocaciones sacerdotales, crecerán también las vocaciones a la vida consagrada y de laicos comprometidos, y a la inversa. Y esa edificación de la Iglesia se va haciendo desde el centro y la fuente perenne de comunión que es la Eucaristía, presidida por el Obispo y sus colaboradores los presbíteros.

La Iglesia es también misión. La experiencia gozosa de la comunión con Dios tiende a extenderse a todo el mundo. Es una Iglesia que se une no para complacerse en sí misma sino para evangelizar. Una Iglesia consciente de que su misión en el mundo es anunciar a Jesucristo como esperanza, alegría y salvación de todos los hombres, y hacerlo presente entre nosotros hoy. Y para ello se organiza a sí misma como comunidad evangelizadora, como grupo de evangelizadores. Una de las principales tareas del presbítero, como ministro de la Palabra, es mantener vivo y fiel ese dinamismo evangelizador de toda la comunidad.

Por tanto, los sacerdotes pertenecen radicalmente a la esencia misma de la Iglesia particular, como colaboradores estrechos del Obispo, en orden a crear una comunión destinada a evangelizar. La vocación sacerdotal es un misterio que hunde sus raíces en el sacerdocio de Cristo Buen Pastor, de quien son signo y transparencia, y en la Eucaristía que edifica a la Iglesia.

“El obispo, pues, con su presbiterio, está llamado a discernir y cultivar todos los dones del Espíritu. Pero de modo particular el cuidado del Seminario debe ser preocupación de toda la Iglesia diocesana a fin de garantizar la formación de los futuros presbíteros y la creación de comunidades eucarísticas como plena manifestación de la experiencia cristiana” (Congreso Europeo sobre las Vocaciones 22).

Esta toma de conciencia en la necesidad de suscitar vocaciones al presbiterio diocesano no es de hoy mismo, sino que desde hace varios años atrás se viene planteando en nuestra Diócesis y se vienen buscando medios y compromisos concretos. Entre estos medios, hay que subrayar los diversos acuerdos del Consejo Presbiteral y del Consejo Diocesano de Pastoral, como bien sabéis vosotros y yo he tenido interés en conocer. En los últimos años, se ha tratado el tema de la pastoral vocacional en relación con el Seminario en dos reuniones del Consejo de Presbiterio del año 1994, en una de 1996 y en otra del año 2000. Asimismo lo trató el Consejo Diocesano de Pastoral del año 2000 y entraba entre los objetivos del Plan diocesano de Pastoral, del curso 2000-2001.

Por último, ha sido el Sínodo Diocesano, que culminó en junio de 2002, el lugar eclesial donde se ha abordado expresamente. Las constituciones sinodales son punto esencial de referencia para cualquier tema y actividad pastoral de nuestra Diócesis. El Sínodo es el fruto del trabajo de miles de personas, que participaron en los grupos sinodales y que, en la Asamblea Sinodal final, expresaron el sentir de la Iglesia en La Rioja.

Al hablar de la comunidad eclesial se encuentra, como no podía ser de otra forma, la urgencia de una pastoral vocacional específica para el presbiterado, debidamente situada en el marco de una pastoral vocacional amplia:

“Se fomentará en las familias, colegios, parroquias, un clima de comunidad cristiana, donde puedan germinar, crecer y alimentarse, vocaciones de dedicación exclusiva a la tarea de evangelización como presbíteros, consagrados/as o seglares. Toda comunidad cristiana, y especialmente sacerdotes y párrocos, ha de empeñarse seriamente en promover vocaciones sacerdotales; así podrá haber una generosa distribución del clero” (Conclusión 31).

El Sínodo ha confirmado y ha recalcado con más fuerza, si era posible, este sector de la pastoral: “Se asumirán las actuales iniciativas diocesanas encaminadas a relanzar nuestro Seminario Diocesano como lugar de formación de vocaciones al ministerio presbiteral diocesano” ( Conclusión 32).

Recogiendo estas conclusiones, así como las sugerencias operativas que las acompañan, y teniendo en cuenta las ricas propuestas de los mencionados acuerdos del Consejo Presbiteral y del Consejo Diocesano de Pastoral, os planteo unas cuantas pistas para que trabajemos en común en este campo tan urgente y fundamental.

La parábola del sembrador

También este tema de la pastoral vocacional queda iluminado por la parábola del sembrador (Lc 8,5-15). La llamada de Dios, la vocación, no es otra cosa que la semilla de su Palabra sembrada en el corazón de las personas, a través de las distintas mediaciones eclesiales.

Los labradores, cuando siembran, esperan la cosecha. Eso sí, han preparado previamente el terreno con las debidas labores del campo y los abonos y saben que tendrán que seguir cuidándolo y trabajándolo. Saben también que algo se perderá, pero confían en que habrá una buena cosecha. Sembrar es apostar por la esperanza. Lo mismo que empeñarse en la pastoral vocacional.

Hemos de sembrar la semilla y el Evangelio de la vocación por doquier, como en la parábola. El gesto del sembrador es la imagen del “derroche” del corazón de Dios, que se desborda sobre todos porque quiere salvar a todos y llamarlos a Sí. Parecida debe ser la actitud de todo el que se sienta responsable en la Iglesia y de manera especial los Pastores. Si todo ser humano es criatura de Dios, también es portador de un don, de una vocación particular que espera ser reconocida. Muchas veces nos falta valor para sembrar, para animarle a un chico a que piense en el sentido y la dedicación de su vida, a ponerle delante las necesidades de la Iglesia, a plantearle que tal vez Dios lo llama a ser sacerdote.¡Cuántos jóvenes no han oído nunca una propuesta cristiana sobre su vida y su futuro!

Y el labrador sabe muy bien el momento propicio de la siembra, para que dé más fruto. Así también, el educador cristiano ha de estar atento a cada etapa del desarrollo de los niños y jóvenes, con el fin de poder ayudarles mejor a descubrir la vocación de su vida. La cuestión vocacional no hay que esperar a plantearla en la adolescencia o juventud. Es posible que, ya para esa edad, estén cerradas muchas salidas de orientación y que estén tomadas ya las opciones fundamentales de la vida, bajo otras claves y desde otras instancias, que les han estado influyendo decisivamente: el ambiente, la televisión, etc. La experiencia pastoral, así como las encuestas que se están haciendo entre las vocaciones actuales, demuestran que, en la mayoría de los casos, las primeras señales de la vocación aparecen ya en la infancia y primera adolescencia. Por tanto, también desde la perspectiva vocacional hay que cuidar estas edades tempranas: ya a los niños de primera comunión.

Evidentemente, no podemos olvidar la importancia que tiene la catequesis de Confirmación, cuando se plantea el modo de ser cristiano responsable. Y los grupos de jóvenes, universitarios, etc., como diremos después. Sabemos que hoy las decisiones importantes de la vida se retrasan cada vez más. Y en estas edades también Dios sigue llamando.

No toda semilla da fruto, ni a todo trabajo pastoral corresponde el éxito, porque contamos con la libertad humana y con las diversas circunstancias que rodean a todo hombre. Los ejemplos de la parábola evangélica son claros y de plena actualidad. De entre los niños y jóvenes, que vienen por nuestras parroquias con ocasión de los sacramentos, hay algunos que, por diversas circunstancias, sencillamente acaban pasando del tema y de cualquier planteamiento serio de la fe. En otros casos, no se llega sino a un tratamiento superficial y pasajero, que ni siquiera empieza a echar raíces.

En algunos, en los que quizá habíamos puesto mucha esperanza, vemos con tristeza que la semilla no acaba de dar fruto, que se van, que no adquieren compromisos duraderos, ni como laicos comprometidos ni como sacerdotes u otra forma de consagración de la vida. Lo que dice el Evangelio del afán del dinero o del materialismo, los placeres de la vida o el hedonismo, que son como los abrojos y espinas que ahogan la buena semilla, lo estamos experimentando con frecuencia. Por otra parte nos explican los psicólogos que, hoy en día, en una sociedad tan cambiante, resulta muy difícil entender y asumir compromisos duraderos y, mucho menos, para toda la vida. Es algo que da miedo, casi vértigo.

Estas son algunas de las dificultades con que nos encontramos en nuestro trabajo de ir educando cristianos y formar grupos de jóvenes; éstas dificultades crecen todavía más cuando tratamos de hacer un planteamiento vocacional. La vocación sacerdotal, a veces, es mirada con recelo por parte de las familias, o no tomada en serio, o sofocada por otras expectativas y proyectos. Se creería que es una semilla de infelicidad, de la que hubiera que huir. De ahí, la tarea tan importante que tenemos de transmitir, con nuestras palabras y con nuestra propia vida, un mensaje de felicidad y de confianza. Vivir con gozo nuestro ministerio será la mejor campaña de pastoral vocacional.

En el fondo de todos estos problemas está la descristianización progresiva del ambiente. De ahí que la pastoral vocacional de más largo alcance y profundidad es la transmisión y educación de la fe a las nuevas generaciones y la creación de comunidades cristianas vivas. Pero el círculo hay que romperlo por donde sea. Y siempre hay familias y niños y jóvenes que tienen una sensibilidad especial y pueden ser llamados por Dios, como Samuel, cuando “la palabra del Señor era rara y no eran frecuentes las visiones” (1 Sam 3,1).

De hecho, es alentador que Jesucristo, en la parábola del sembrador, recalca que buena parte de la semilla cayó en tierra buena y dio fruto y, en algún caso, mucho y buen fruto, porque también hay corazones nobles y generosos que acogen el Mensaje. Incluso en otra parábola explica que la semilla sembrada tiene tal fuerza que, aunque el labrador esté durmiendo y “sin que él sepa cómo”, el grano germina, crece y da fruto (cf. Mc 4,26-29). Es la gracia, el poder y la manifestación del Espíritu Santo, que va trabajando misteriosamente a las personas.

Los sembradores

A nosotros nos corresponde la tarea de servir de instrumentos en manos de Dios. Ser mediadores suyos en la obra de la siembra vocacional. Ser los pobres siervos que hacen lo que tienen que hacer (cf. Lc 17,10). El Señor encomienda esta apasionante responsabilidad a todos los miembros de la comunidad cristiana.

En efecto, el Concilio Vaticano II, en el documento sobre la formación sacerdotal, presenta un principio esencial: “El deber de fomentar las vocaciones afecta a toda la comunidad cristiana, la cual ha de procurarlo ante todo con una vida plenamente cristiana” (OT 2). Más adelante se refiere a los sacerdotes, catequistas, familias, parroquias e instituciones que desarrollan una labor de formación con los niños y jóvenes. Es la colaboración de todas estas personas y organismos, la que tiene que despertar en los niños y jóvenes el gusto y el deseo por la vocación presbiteral. Lo mismo dice la Exhortación postsinodal “Pastores Dabo Vobis” (n. 41).

1. El Obispo: Como Pastor y guía del Pueblo de Dios que peregrina en La Rioja, quiero ponerme al frente del trabajo pastoral a favor de las vocaciones. Como recuerda la Exhortación “Pastores Dabo Vobis”, al Obispo, que es padre y amigo en su presbiterio, le corresponde, ante todo, la solicitud de dar continuidad al carisma y al ministerio presbiteral, incorporando a él nuevos miembros con la imposición de las manos” (n. 41). Me comprometo a impulsar la pastoral vocacional como una de las prioridades de mi ministerio entre vosotros. Recientemente la Exhortación postsinodal “Pastores Gregis” nos ha recordado a los Obispos: “Es preciso promover una cultura vocacional en su más amplio sentido, es decir, hay que enseñar a los jóvenes a descubrir la vida misma como vocación. Por tanto, conviene que el Obispo inste a las familias, a las comunidades parroquiales y a las instituciones educativas para que ayuden a los jóvenes a descubrir el proyecto de Dios sobre su vida, acogiendo la llamada a la santidad que Dios dirige a cada uno de manera original. A este propósito es muy importante fortalecer la dimensión vocacional de toda la acción pastoral” n. 54).

En la visita pastoral a la Diócesis, que próximamente voy a iniciar, me gustará conocer qué se hace en las Parroquias en este sentido, cuál es el fruto vocacional de cada Parroquia, y buscar con vosotros qué se podría hacer más y mejor.

Si vemos la conveniencia de que el Obispo se haga presente en algún grupo de jóvenes, que se planteen con seriedad un proceso de búsqueda del proyecto de Dios sobre su vida, como se hace en algunas Diócesis, estoy dispuesto a participar.

2. Los presbíteros, colaboradores diligentes del Obispo, desempeñan en la siembra de la vocación un papel fundamental, que es parte insoslayable del ejercicio mismo de su ministerio: “Este deber pertenece a la misma misión sacerdotal, por la que el presbítero se hace partícipe de la solicitud de toda la Iglesia, para que aquí en la tierra nunca falten operarios del Pueblo de Dios” (PO 11).

Su influencia positiva en el surgir de vocaciones es sobre todo “con el ejemplo de su propia vida humilde y laboriosa, llevada con alegría, y el de una caridad mutua y una unión fraternal en el trabajo” (OT 2). Pero también con la sensibilidad para descubrir chicos con aptitudes para incorporarse al Seminario, y con la pedagogía necesaria para que vean ese camino vocacional como una fuente de felicidad, de servicio a los demás y de realización personal. Eso será posible solamente si hay una relación cercana con los niños y los jóvenes, y una atención personalizada, un cuidado acompañamiento personal, encaminado al crecimiento espiritual y maduración en la fe, con la propuesta de pequeñas metas. El acompañamiento espiritual y los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía desempeñan un papel primordial, que está bien avalado por la experiencia, tanto en las vocaciones de antes como en las de ahora. En nuestro trabajo pastoral, hemos de hacer opciones en la dedicación del tiempo. La atención a las personas y a su desarrollo de fe es prioritaria.

Todavía tienen pleno valor las palabras del Obispo D. Fidel García, en su Carta Pastoral de 1933 “El Seminario y la Obra de Vocaciones Eclesiásticas”, en las que exhortaba a los sacerdotes a trabajar por las vocaciones, estar atentos a los jóvenes que pueden ser aptos y cuidar los monaguillos. Añadía: “No debiera haber sacerdote alguno que no pudiera presentar, al morir, otro sacerdote al menos, logrado por su solicitud y trabajo, que viniese a llenar el hueco por él dejado en la milicia de Jesucristo”. Y animaba a que cada Arciprestazgo enviara al menos un seminarista cada año al Seminario.

Años difíciles eran aquellos también y de muy pocas vocaciones. Pero la gracia de Dios y la colaboración humana hicieron que pronto el Seminario se llenara. Por tanto, tenemos buenos precedentes para superar las dificultades actuales. Además de lo que hace cada cual en su parroquia o actividad pastoral, será bueno que en cada Arciprestazgo haya un presbítero responsable de este sector pastoral, que esté en coordinación con el Secretariado de Pastoral Vocacional y que promueva las actividades que se organicen desde ahí.

Me parece muy importante el grupo de monaguillos de las parroquias. Hay que cuidarlo donde exista y crearlo allí donde se pueda. Realmente es la mejor cantera para el Preseminario y para el mismo Seminario. Para ello, hay que dar sentido a la función de los monaguillos en la Liturgia, prepararlos bien, irlos formando, inculcarles la sensibilidad hacia lo sagrado, la reverencia y devoción a la Eucaristía, iniciarlos a la oración. Esto les hará ir gustando lo que es la vida del sacerdote.

También, en las parroquias grandes, ayudaría mucho la existencia de un laico, o una persona consagrada, responsable de esta pastoral, que a su vez forma parte del equipo arciprestal de pastoral vocacional. Sin olvidar la oración en las parroquias por las vocaciones sacerdotales. Se podría instituir un día al mes de oración por las vocaciones, por ejemplo, los Jueves Sacerdotales, con un acto eucarístico. Este año, que el Papa ha querido que sea especialmente dedicado a la Eucaristía, puede ser una buena ocasión para fomentar esta práctica de oración vocacional comunitaria.

3. Los educadores cristianos tienen un gran papel en este campo. Si educar significa hacer salir, colaborar a que aflore lo que cada cual lleva dentro, es función primordial suya ayudar a que los niños y jóvenes descubran su propia vocación, el proyecto que Dios tiene sobre ellos.

Entre los educadores, los catequistas desempeñan en este aspecto una función especial, porque contribuyen a la maduración y educación en la fe. Y la verdadera fe en Jesucristo supone el plantearse el modo de seguimiento del Señor y la manera concreta de ser miembro vivo y activo de su Iglesia. En los procesos de iniciación y consolidación en la fe, particularmente en las catequesis preparatorias del sacramento de la Confirmación, no debe faltar una catequesis sobre la vocación al sacerdocio, inserta en el conjunto de la vocación cristiana. La Primera Comunión es una ocasión muy buena para descubrir la función del sacerdote en la Iglesia, como ministro del perdón y de la Eucaristía. Un buen catequista sabe captar qué niños tienen una especial sensibilidad y allí puede comenzar a crecer una semilla de vocación.

Los profesores de religión también son agentes de pastoral. En estos momentos, puede que su contacto con los jóvenes sea incluso mayor que en las catequesis. Su labor es, por tanto, complementaria y necesaria para trasmitir en las aulas la identidad y misión del sacerdote, como algo imprescindible en la Iglesia. Una presentación escolar correcta contribuirá a apreciar la figura del sacerdote, cuando a menudo los medios de comunicación presentan una imagen distorsionada de él.

Todos los profesores cristianos y los Colegios católicos están llamados a ejercer un gran servicio a la sociedad y a la Iglesia, en estos momentos en que tan difícil es la tarea educativa. No se puede desistir de una educación en el sentido cristiano de la vida, conscientes de que el Evangelio de Jesucristo, con la impresionante riqueza de valores que contiene, es un verdadero servicio al hombre de nuestro tiempo, de cara a su realización y felicidad personal y a la transformación de la sociedad. Jesús y su Evangelio no hacen mal a nadie, es más, pueden hacer mucho bien a todo hombre, a toda mujer. Educar así es entender la vida como vocación y ahí está el suelo natural donde puede germinar la semilla de una vocación sacerdotal o consagrada. Las Congregaciones religiosas que trabajan en este campo pueden hacer una labor de hondo calado, al servicio de la evangelización y también de cara a las vocaciones.

4. La pastoral juvenil debe asegurar que, en los grupos de jóvenes, se haga también la propuesta concreta de la vocación al ministerio presbiteral, así como de la vocación laical y otras vocaciones consagradas. El tema se debe incluir en los procesos que siguen estos grupos. Pero la clave de un verdadero planteamiento vocacional está en la calidad cristiana del grupo. En la Exhortación postsinodal “Pastores Gregis” nos dice el Papa a los Obispos:

“El Obispo ha de procurar que se confíe la pastoral juvenil y vocacional a sacerdotes y personas capaces de transmitir, con entusiasmo y con el ejemplo de su vida, el amor a Jesús. Su cometido es acompañar a los jóvenes mediante una relación personal de amistad y, si es posible, de dirección espiritual, para ayudarles a percibir los signos de la llamada de Dios y buscar la fuerza necesaria para corresponder a ella con la gracia de los sacramentos y la vida de oración, que es escuchar a Dios que habla” (n. 54).

Entre la pastoral de jóvenes es preciso que demos un impulso nuevo a la pastoral universitaria. Su significado es de suma importancia para la pastoral de la cultura y para formar profesionales cristianos, que construyan el mundo según el proyecto de Dios. En relación con las vocaciones, cada vez entran en los Seminarios y noviciados más jóvenes procedentes de la Universidad o con las carreras recién terminadas. Sin duda que hay también una buena cantera en esos casi 8.000 jóvenes que estudian en nuestra Universidad de La Rioja, y en todos los demás riojanos que estudian en otras universidades.

5. Las familias son el ámbito natural donde nacen y crecen los ciudadanos y los cristianos. Por eso, la familia es célula básica tanto de la sociedad como de la Iglesia. Las vocaciones nacen normalmente, aunque no siempre, en un hogar cristiano. Hoy, por desgracia, muchos de los matrimonios jóvenes, aunque bautizan a sus hijos y los llevan a la Parroquia para la Primera Comunión, ellos no suelen practicar. Por eso no es extraño que surjan pocas vocaciones.

Pero, incluso en las familias cristianas y que pertenecen a nuestros grupo, surgen menos vocaciones que las que cabría esperar. ¿Qué podríamos hacer para que los padres cristianos consideren como un regalo de Dios la posible vocación sacerdotal de un hijo? Es una de las mejores formas con que pueden contribuir las familias cristianas a la Iglesia. La tasa de natalidad tan baja, que tenemos en España, es otro factor que incide también en el número escaso de vocaciones. En este punto, es preciso hacer una llamada a los matrimonios cristianos y orientarlos debidamente para que estén abiertos con generosidad a recibir el don de la vida, el don de los hijos.

La pastoral familiar, los cursillos prematrimoniales, el acompañamiento de los matrimonios, las catequesis familiares y presacramentales, los movimientos familiares, etc. son espacios que hemos de potenciar para atender este campo, que hoy sufre muchos impactos negativos desde la cultura dominante.

6.Las parroquias, movimientos, asociaciones y comunidades cristianas: Las vocaciones sacerdotales son un indicador de la vitalidad de una parroquia o comunidad cristiana. Gracias a Dios, algunas de ellas son fecundas en vocaciones. Son diversos los factores que pueden influir positivamente en que surjan vocaciones en su seno, por ejemplo: el aprecio que se tiene a la figura del sacerdote; el ejemplo que el mismo sacerdote da; el tipo de enseñanzas y de formación que se transmiten, fundamentadas en una buena eclesiología; la oración permanente por las vocaciones.

Cada parroquia, movimiento, asociación o comunidad debería estar atenta a descubrir señales de la llamada de Dios en alguno de sus miembros, y saber arropar y apoyar la respuesta. En un ambiente social, donde la decisión vocacional no es fácil, la comunidad cristiana debe ser ese microclima en el que resulte fácil madurar y fortalecerse una vocación.

Se debería cuidar con esmero el “Día del Seminario” como fecha para que cada parroquia o comunidad cristiana tome conciencia de la necesidad de orar por las vocaciones, de valorar el ministerio presbiteral, de animar a quienes sienten la llamada del Señor y de sostener económicamente el Seminario Diocesano.

7. El compromiso de la caridad : Entre los signos mesiánicos de Jesús, tiene especial relieve su servicio a los pobres. Los sacerdotes, que están configurados sacramentalmente con Cristo, están llamados a parecerse a él también en su actuar. El amor preferencial a los pobres, en sus múltiples manifestaciones, ha de ser una característica y un distintivo de su vida. Es el rasgo de la caridad pastoral. El ejercicio desinteresado de la caridad, la sensibilidad por los problemas de las personas y la cercanía a la gente, siguen siendo signos llamativos para los jóvenes de hoy. Una vida entregada a los demás tiene gancho vocacional.

Asimismo ninguna vocación es auténtica si no lleva la señal del servicio. Por el contrario, de las experiencias de voluntariados están saliendo en la actualidad vocaciones tanto sacerdotales como religiosas y misioneras. Al que lo practica con desinterés y con motivaciones evangélicas le hará más sensible a la voz de Dios, que puede pedirle no ya el compromiso de entregar unas horas o unos años, sino toda la vida. Como dice “Pastores Dabo Vobis”, “a diferencia del joven rico, el voluntario podría aceptar la invitación, llena de amor, que Jesús le dirige (cf Mc 10,21); y la podría aceptar porque sus únicos bienes consisten ya en darse a los otros y ‘perder’ la vida” (40).

Tenemos aquí un buen reto de implicar a los jóvenes de post-Confirmación en pequeños compromisos de servicio a los demás. En la fidelidad del día a día se va consolidando y madurando la fe. Esta constancia es una de las cosas que más cuesta en la cultura actual, que se califica de compromisos “blandos”. Pero el evangelio de Jesucristo y el Reino de Dios es de los esforzados.

8. La oración: En todos los ámbitos que hemos tratado, ha de estar presente, como una dimensión transversal, la oración. Oración por las vocaciones, siguiendo el mandato de Jesús, que nos exhorta muchas veces a hacer oraciones de petición y, entre ellas, a pedir al dueño de la mies que envíe obreros a su mies, porque ésta es abundante, pero los obreros pocos (cf. Mt 9,37-38). En nuestra oración pedimos muchas cosas: por el trabajo, la salud, la paz, la justicia, la solidaridad... Incluyamos en nuestras oraciones que haya sacerdotes entregados por el Reino, sacerdotes sencillos y alegres, valientes y humildes, compasivos y misericordiosos, pastores que conozcan a sus ovejas y sean capaces de dar la vida por ellas. El libro oracional, que ha editado el Seminario, con ocasión del 75 aniversario, puede ser una buena ayuda para ello. Aprovechamos esta ocasión para agradecer a las comunidades contemplativas de nuestra Diócesis su testimonio orante y sus peticiones incesantes por el Seminario, las vocaciones y los sacerdotes.

Pero, además, es preciso que hagamos de nuestras parroquias, grupos y comunidades unas verdaderas escuelas de oración, como nos recordaba el Papa Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica “Novo Millennio Ineunte” (n. 33). Enseñar a orar a los niños y a los jóvenes en la familia y en las catequesis. Enseñarles las oraciones vocales y a hablar personalmente con el Señor, a leer y meditar la Palabra, a encontrar tiempos de reflexión y silencio para escuchar a Dios, a orar ante el Sagrario. La oración es la respiración del alma y de la Iglesia. En ese clima se alimenta y madura la fe. Solamente en ese clima se puede escuchar la llamada vocacional de Dios.

Para ello, y siguiendo la indicación del Papa Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica “Pastores Gregis”, quiero impulsar la creación de una “red de intercesores ante el Dueño de la mies” (nº 48) por las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada, porque “cuanto más se afronte el problema de la vocación en el contexto de la oración, tanto más la oración ayudará al elegido a escuchar la voz de Aquél que lo llama”. Es hora de ponernos en marcha. Don Fidel impulsó la “Obra de las Vocaciones Eclesiásticas” que tan buenos resultados dio en nuestra Diócesis. A nosotros nos tocará poner en marcha esa red de intercesores, de la que nos habla el Papa.

9. Las instituciones diocesanas a favor de las vocaciones: El Seminario es la institución de la Diócesis para formar las vocaciones sacerdotales. Pero el Seminario no es nada si no tiene seminaristas. Por eso D. Fidel, a los cuatro años de fundar el Seminario, fundó también la Obra de las Vocaciones Eclesiásticas, siendo nuestra Diócesis una de las primeras en instituirla. Hoy cumple una función similar el Secretariado Diocesano de Pastoral vocacional, con la animación y las ofertas que hace.

Una de ellas es el Preseminario. Es fruto de la oración y reflexión que habéis hecho, estos años atrás, en el Seminario y en el Consejo Presbiteral. Siguiendo el ejemplo de otras Diócesis, el Preseminario parte de la pastoral vocacional hecha en las parroquias y las comunidades eclesiales, y actúa como espacio de confluencia de los diversos niños, adolescentes y jóvenes que muestren algunas señales de llamada al ministerio presbiteral.

Es, como ya bien sabéis por sus años de andadura, el “lugar” en el que los niños, adolescentes y jóvenes, que cursan sus estudios en sus colegios y viven en sus familias, siguen un proyecto formativo vocacional, a través de actividades periódicas, que son llevadas a cabo por un equipo. Su actividad fundamental se desarrolla en un encuentro mensual de fin de semana en el Seminario, con un programa de seguimiento para el mes.

Se dirige a chicos y a jóvenes y está divido en tres etapas: 1ª : 6º de Primaria, 1º y 2º de E.S.O.; (11‑14 años); 2ª: 3º y 4º de la ESO y Bachillerato (15‑18 años); 3ª: Jóvenes de 18 años en adelante. Sus objetivos son: favorecer el proceso de madurez intelectual y afectivo, potenciar la convivencia, descubrir a Jesús y la Iglesia e ir clarificando y madurando la opción vocacional hacia el ministerio ordenado.

Me alegra ver cómo la experiencia está resultando positiva, puesto que de aquí han salido, en su mayoría, los chicos que se han incorporado este curso al Seminario Menor. Os pido a los sacerdotes que colaboréis decididamente para incorporar chicos a esta experiencia.

También os pido que apoyéis los grupos vocacionales, que desde el Secretariado de vocaciones se están promoviendo. Se trata de descubrir y suscitar, con ellos, esta llamada en niños y jóvenes, que puedan nutrir al Preseminario, y acompañarlos en su discernimiento vocacional. Los nombres elegidos para estos grupos son bien significativos y de hondas resonancias bíblicas y vocacionales: el grupo “Samuel”, dirigido a los monaguillos y chicos religiosamente inquietos de 3º a 6º de Primaria; el grupo “Tiberíades”, para chicos en confirmación, o recién confirmados, que quieren plantearse la llamada de Dios; el grupo “Tabor”, para jóvenes que buscan su camino en la vida seglar, religiosa o en el presbiterado.

Durante estos últimos cuatro años, se ha hecho una siembra laboriosa y constante. La semilla ha caído en buena tierra y ha comenzado a dar sus frutos. Así que me congratulo y os comunico con alegría que, en este curso 2004-2005, se ha abierto de nuevo el Seminario Menor de nuestra diócesis, en Burgos, con seis chicos entre 12 y 15 años. Para ello, se ha acondicionado la planta baja del edificio donde ya se encontraban los seminaristas mayores; y cuentan con un formador y un director espiritual que les acompañan en su proceso formativo.

Es una gracia de Dios para nuestra Diócesis, un auténtico paso de Dios, el que se haya podido abrir el Seminario Menor, de momento en Burgos, con la esperanza de que pueda ser traído pronto a Logroño. Es un empezar de nuevo, y todo lo que empieza de nuevo es costoso. Pero merece la pena sembrar y sembrar sin desfallecer. La llamada de Dios a sembrar es continua y permanente.

El Seminario Menor será una buena cantera para el Seminario Mayor, que, como sabéis, desde hace cuatro años está en Burgos, con el fin de que los seminaristas puedan participar en las clases de la Facultad de Teología, en orden a una buena formación. Ése es un buen elemento, que se completa con la venida frecuente a la Diócesis, para mantener vivas las relaciones con el presbiterio y nuestra Iglesia local, a la que se preparan a servir. Por eso, tienen su habitación también en el edificio del Seminario de Logroño.

En el marco de estas celebraciones conmemorativas, quiero agradeceros a los seminaristas actuales, y también a vuestras familias, la generosidad y disponibilidad que mostráis para Dios y para la Iglesia. Adelante en vuestro camino de seguimiento del Señor. Ser sacerdotes de Jesucristo, en este desierto del secularismo, es hoy especialmente apasionante y necesario; no hay futuro para la humanidad sin Jesucristo, pues el futuro que viene es, felizmente, el Reino de Dios. Contad con la oración y el apoyo de vuestro Obispo y el de toda la Diócesis. Quiera Dios que otros jóvenes se contagien con el ejemplo valiente, alegre y humilde de vuestra fe, vuestra esperanza y vuestra caridad.

Actos conmemorativos

Para celebrar este 75 aniversario de nuestro Seminario diocesano, se han programado diversas actividades. Unas ya se realizaron en el mes de Marzo de este año, en torno a la Campaña del Día del Seminario, como la exposición conmemorativa y una conferencia del Arzobispo D. Fernando Sebastián, Administrador Apostólico de la Diócesis en ese momento. Otras se han reservado para ahora, en el mes de noviembre, en conmemoración de aquel 10 de noviembre de 1929, en que fue inaugurado el nuevo Seminario: la ordenación de dos nuevos diáconos abre los actos y pone delante de nosotros un buen horizonte de esperanza; la conferencia de D. Juan María Uriarte, Obispo de San Sebastián, profundiza en el sacerdocio y las vocaciones, como razón de ser del Seminario; el recital de canciones de nuestros místicos continúa la arraigada tradición cultural del Seminario; la solemne Eucaristía del día 6, con la presencia del Sr. Nuncio y de varios Obispos, además de los sacerdotes de la Diócesis y muchos fieles, será lugar de encuentro de la comunidad diocesana, que da gracias a Dios por los frutos de estos 75 años; el libro sobre la historia del Seminario, que se ha preparado con tanto esmero, nos permitirá evocar la vida, las circunstancias y las personas, a través de las que Dios ha ido repartiendo sus dones entre nosotros.

 

Con esta Carta Pastoral, quiero unirme a la celebración, compartiendo con los diocesanos los sentimientos de alegría y de acción de gracias, a la vez que todos nos comprometemos en impulsar de una manera más decidida la pastoral de las vocaciones. Somos sembradores. Dios nos invita a colaborar con él en suscitar nuevos sacerdotes para nuestra Diócesis y para la Iglesia Universal.

Ponemos estas intenciones en las manos y en el corazón de la Virgen de Valvanera, nuestra Patrona y nuestra madre. Este año, precisamente, se celebra también el 50 aniversario de su coronación canónica. Lo mismo que Ella cuidó amorosamente de su Hijo, le pedimos que cuide de los seminaristas y de las nuevas vocaciones. Que nuestras familias, parroquias y comunidades, vivan el cristianismo con tanta fidelidad y tanto entusiasmo , que en ellas fructifique la llamada de Dios, para que haya suficientes y santos sacerdotes, continuadores en el siglo XXI de la misión salvadora de Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, Gracia y Salvación para todos, verdadera Alegría de todo hombre, y única Esperanza de la humanidad, esta humanidad que tanto ama el Señor.

Logroño, 6 de noviembre de 2004.

† Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño.

 

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