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Santo Domingo de la Calzada (12-mayo)

HISTORIA Y MEMORIA EN LAS FIESTAS CALCEATENSES

 

 

Los Sacerdotes que son actualmente responsables de la Parroquia y Catedral de Santo Domingo de la Calzada descubrieron, desde la primera vez que participaron en los acontecimientos que se desarrollan en torno al 12 de mayo, que las fiestas patronales de esta Ciudad son un auténtico Auto sacramental. Y no les falta razón. Las Fiestas del Santo, denominación con la que siempre se han designado las fiestas patronales de la Ciudad, han sido durante siglos un entramado de actos y manifestaciones populares y de fe en los que, año tras año, los habitantes de esta Ciudad rememoraban y, en cierto modo, reactualizaban los momentos más importantes de la vida y obra del Santo Fundador de la Ciudad. Las Fiestas del Santo no son una simple historia etnológica o un mero resto cultural, es la recuperación de una historia, hecha memoria en la persona del Santo y esculpida a través del tiempo en el fundamento de una Ciudad. Ciudad inseparable de la santidad de Domingo de la Calzada. Este retablo festivo desarrolla el drama de su memoria en cinco escenas cuyo culmen cierra el ciclo del recuerdo el 12 de mayo con la exaltación del Santo en las calles de su Ciudad.

 

1. Pregón y apertura: el 25 de abril

 

Pregón de melodía y sonrojo: «el 25 de abril sale la gaita con el tamboril»… y la tarde calceatense se preña de música, pasos, rubores y azoramiento que se diluyen, en la esperanza de un florido 11 mayo, como el sol tras las ocultas estribaciones burgalesas de la Demanda. Dos semanas antes del 11 de mayo, en aquellos años de tintero y papel de gruesa pasta, Cofradía y Escribano recorrían, acompañados de gaita o dulzaina y tamboril, los domicilios de las jóvenes-doncellas, pureza de cuerpo y transparencia de espíritu, portadoras del Pan del Santo que el día 11 de mayo será testigo y memoria por las calles de la Ciudad de la caridad del Santo en forma de pequeño pan o mollete. El Escribano, fedatario ante cofrades y familia, anotaba en su pergamino nombre y compromiso de la joven. En la despedida de la casa no solía faltar ni el pequeño agasajo de pan y vino o algún dulce amoroso y casero, ni estaban ausentes palabras y gestos de enhorabuena y buen deseo. Y, en ocasiones, el Escribano, a modo de cariñosa despedida, acariciaba la límpida mejilla de la doncella con la tersura aterciopelada de su pluma. Y, como solía acaecer en aquellas centurias, a veces, manchaba la lozana piel de la joven con algún resto de tinta, incontrolable por lo rudimentario de tintero y pluma. De este modo, la mejilla pintada de la adolescente se convirtió en Pregón de la Fiesta que preanunciaba la celebración de la caridad del Santo. Y desde aquel recuerdo que se pierde en la memoria, el día 25 de abril los integrantes de la Junta de Gobierno de la Cofradía del Santo recorren con gaita y tamboril los domicilios de las doncellas que el día 11 de mayo tomarán parte en la Procesión del Pan del Santo y del Peregrino, pintándoles levemente la mejilla en gesto perdurado en el tiempo de antiguo escribano y fedatario de una promesa de virginidad, servicio y juventud.

 

2. Pórtico y promesa: el 1 de mayo

 

Trajines, nervios y prisas en el primer amanecer de mayo. Expectativas y ansiedad en un mes y unos días en que lluvia y escarcha suelen ser compañeras o amenaza. Cofrades y niñas, jóvenes y adolescentes, con cestaños a la cadera engalanados tantas veces con bordados de abuelas, llaman puerta a puerta para llevar a cada casa el Pan del Santo, ázimo recuerdo de la participada caridad de Santo Domingo de la Calzada. Pan de anverso decorado con una estampación de la imagen del Santo y coloreada con una solución de yema de huevo que será durante un año presencia y recuerdo de la persona y obra de Santo Domingo: el Pan del Santo ocupa durante todo el año lugar preferente en los hogares calceatenses, signo inequívoco del sitio que al propio Santo se le reserva, o al menos antaño se le reservaba, en cada corazón.

Y mientras se desperezan nervios e inquietudes, a las seis de la mañana, la cadencia repetida de un tambor resuena en las losas y empedrados de las viejas calles en memoria y recuerdo anual de aquellas diarias caminatas de nuestro Santo en amanecidas y atardeceres buscando peregrinos y caminantes extraviados y alejados del sendero jacobeo para reconducirlos al calor y luz de su albergue, hospital y acogimiento. Y cada alba y tramonto de estos doce primeros días de mayo, el tambor seguirá siendo, al menos para algunos, despertador de altruismo en el egoísmo, solidaridad en la indiferencia, esperanza en el desencanto, justicia en la despreocupación, verdad en la falsedad, amor en el enojo… y el Santo recorre de nuevo el suelo que sus pasos convirtió en camino, refugio, acogida y corazón. Y así año tras año… mientras exista un alma que sienta en su intimidad la guía protectora de nuestro Santo.

 

3. Anuncio y memoria: el 10 de mayo

 

Todavía hoy el diez de mayo sigue trayendo el perfume y la sensación de mañanas frescas y húmedas de aquellas infancias lejanas en las que en el recreo escolar sentíamos el tamizado repique del apagado sonido de campanillas, cascabeles y pequeños cencerros, adorno festivo en el cuello de los carneros del Santo: Carneros, Ramos y Prioras. «Ya viene el Santo… encima está…».

 

La mañana del 10 de mayo calles y plazas de Santo Domingo contemplan el desfile de unos espléndidos carneros… pasan, pasean y sobre sus lomos pesan siglos de historia. Son los carneros que se sacrificarán para sazonar y dar sustancia al Almuerzo del Santo. Pero no son sólo eso. Son blancos y mudos testigos de una bellísima tradición enraizada en la historia del nacimiento y consolidación de esta Ciudad. En julio del año 1124, Alfonso I el Batallador, emperador y rey de todo Aragón, Navarra y parte de Castilla, concedía «garantía y protección a todo lo que estuviese bajo el dominio de Santo Domingo, tanto se tratase de personas como de cosas o animales, para que pasten con libertad y sin reparo donde quieran, por los montes, prados y manantiales de todo mi reino». Todavía hoy, los carneros del Santo pueden pastar y moverse con absoluta libertad por cualquier lugar, aunque concesión y privilegio se han visto reducidos de hecho, aunque no de derecho pues todos los años se ha reivindicado y ejercido el derecho, al paseo que por lugares públicos y privados realizan este día los que siguen siendo llamados, porque lo son, carneros del Santo.

 

La tarde comienza con la Procesión de los Ramos. Como todas las procesiones, excepción hecha de la del día 12, que se realizan a lo largo del periodo festivo también ésta tiene carácter cívico-religioso, porque la razón y raíz de todas ellas no son otros que el corazón de un pueblo volcado en la historia y vida de su Santo. En un carro tirado por una pareja de bueyes se llevan hasta la Catedral ramos de encina que, bendecidos, se colocan alrededor del sepulcro de Santo Domingo de la Calzada. Santo Domingo ubicó su sepulcro fuera de la Iglesia, en plena calzada de peregrinación. Cuenta la tradición que los animales que lo pisaban morían al momento. Circunstancia que indujo a aquellos primeros calceatenses a construir en torno a la tumba del Santo una improvisada verja o cerca de ramos de encina o carrascas, hasta tanto no se proveyese solución más definitiva, para evitar cualquier profanación de tan sagrado lugar. Y así se rememoran aquellos primeros años de una ciudad que nunca sintió la orfandad de su Santo.

 

Y termina con la Procesión de las Prioras. Esposas, madres o hermanas de los miembros de la Junta de Gobierno de la Cofradía del Santo desfilan por el primitivo casco urbano de la Ciudad vestidas de negro y portando sobre sus cabezas cestaños ricamente engalanados de seda y tul blancos sobre los que se ha depositado un pequeño pan que para los calceatenses es pan del Santo. Es una Procesión seria, ajustada, íntima, más reciente en sus orígenes que otras conmemoraciones festivas, que vuelve a recordarnos la virtud más representativa de nuestro Santo: la caridad.

 

4. Cercanía y misterio: el 11 de mayo

 

Residentes en Santo Domingo o dispersos por geografías olvidadas… la mañana del once de mayo es inquietud y cosquilleo en el estómago de los calceatenses. Llueva, brille el sol o nieve, como ha acontecido algún año, el aroma de la Ciudad se hace más intenso y el perfume de la mañana se adorna de blanco, frescura, juventud, emoción, presencia y huella de peregrino. Rompe el mediodía entre pólvora y campanas de redoblada solemnidad al viento y ritmo de dulzaina, tamboril y castañuelas en los pies del danzador. Comienza la Procesión del Pan del Santo y el Peregrino. Un grupo de mujeres jóvenes, blanco de pies a cabeza, llevan, a semejanza de tantas mujeres que durante siglos hicieron de sus cabezas plataforma de trabajo necesario y, por tal, liberador y humano, un pan en cestos engalanados, como los del día diez, de rasos, sedas y tules blancos como la pureza de la caridad de Domingo que se encarna y actualiza en esta Procesión. Son presencia y recuerdo de aquellas mujeres que, desprendidas y presurosas, se entregaron, a veces con vida y hacienda, a la obra de Santo Domingo de la Calzada. Sin el comprometido testimonio de aquellas heroínas medievales la obra del Santo hubiera sido distinta y, desde luego, mucho más dificultosa. En sus cestos, el pan; y, en sus manos, el trabajo y la entrega de tanto amor que durante siglos se ha derramado tras las huellas del Santo y las pisadas de pobres y peregrinos. La Procesión del Pan del Santo constituye, en su conjunto, un bellísimo ritual, herencia histórica del Santo de La Calzada. El año 1787, Fray José del Salvador, carmelita descalzo, que había predicado en las fiestas del anterior 1786, describía con estas palabras la Procesión de la mañana del día once:

 

«Vi con lágrimas la Procesión llamada del Pan, con alusión al que el Santo llevaba a su Hospital. Allí se ven millares de personas que se ofrecieron a llevar el pan. Vi personas delicadas, pisando el barro con los pies desnudos y dando la vuelta a toda la ciudad. Allí se ven las madres con los niños, ambos con un pedacito de pan en la mano, infundiendo devoción y ternura en los corazones más distraídos. Allí se experimenta un orden perfecto y un silencio profundo, con la única dirección de las Doce doncellas, ricamente vestidas que, con el pan en la cabeza, van delante de esta devota comitiva. Allí se observa una extraordinaria compostura hasta en los bueyes que llevan la comida que se ha de servir en aquella fiesta».

 

Nada tiene que ver esta procesión con otras que se celebran en algunos lugares de España y en las que el pan adquiere un protagonismo fundamental. Aquí no se procesiona la caridad sino la caridad de Santo Domingo de la Calzada, su huella y su novedad evangélica.

 

También hoy forman parte de la comitiva procesional enjaezadas caballerías que cargan en sus lomos las viandas con que se elaborará el Almuerzo del Santo, así como una carreta tirada por bueyes en la que, durante años, se transportaba la leña necesaria para cocinar el Almuerzo. Y la historia nos recuerda que el gran protagonista de esta Procesión es el PAN. O dicho de otro modo: la celebración actualizada de la caridad de Santo Domingo. Y todo ello en medio del silencio, la devoción y la ternura que brotan del convencimiento de estar tocando y celebrando el misterio y la santidad de Domingo de la Calzada. Pan del Santo y Peregrino, porque junto al pan también se recuerda otro acontecimiento de caridad en el fundamento y origen de nuestra Ciudad: el de la preservación de la muerte del virtuoso peregrino acusado falsamente por la frustrada lascivia de una desenfadada mesonera.

 

Misterio de Domingo, historia de la Ciudad y protagonismo de la fe que alcanzan su máxima expresión con el comienzo de la Procesión de La Rueda la tarde del mismo día once. Tarde en la que aquel lejano 1109 los primeros calceatenses que se forjaron bajo la protección de Domingo ya presentían el perfume sobrenatural de su inmediata pascua. El hecho que ritualmente conmemora la Procesión cívico-religiosa, aspectos claramente diferenciados y hasta contrapuestos, de La Rueda se refiere a un momento importante en la vida de Santo Domingo, que también lo fue para el nacimiento de la Ciudad de su nombre: un peregrino, atropellado y muerto por la rueda de un carro que afanosamente transportaba materiales, según la tradición, para la construcción de su Iglesia, fue devuelto a la vida por la intercesión del Santo. Desde tiempo inmemorial, así es la belleza medieval, todos los once de mayo la Ciudad se ofrecía, en el renovado exvoto de La Rueda, a su Santo. Oferta y ofrenda plasmadas en una bellísima rueda de carro elaborada en cera que, colgada ante el sepulcro del Santo, ardía como signo luminoso y recuerdo imperecedero del agradecimiento siempre nuevo con que el alma de un pueblo hace presente la obra de su Santo que no es otra cosa que su propio origen. En el último cuarto del siglo XVIII, la Ciudad, a consecuencia de la fatua ignorancia y del soberbio engreimiento que tanto daño hicieran y siguen provocando en esta tierra, alteró su tradición. La Rueda cambió la abeja por el martillo y el escoplo y lo que era cera se tornó en madera. Eso sí, adornada por velones, según parece, equivalentes en peso a aquel primitivo fuero-oferta, excepto dos velas que pasaron a ser ofrenda a San Juan Bautista, por empeño de un Corregidor de tan gran testarudez como carente de luces, a semejanza del siglo en que vivió. Y así, hoy, La Rueda es ofrenda; o, mejor, la ofrenda de la Ciudad a su Santo… y es también ofrenda añadida, y bienvenida sea, a San Juan Bautista, voz que alumbró la venida del Mesías para que el Santo fuese luz en el camino.

 

Y cuando La Rueda, preñada de luz y naturaleza, queda, guardiana y testigo, derritiendo su llama ante el Santo y ya se han apagado los ecos del villancico festero desbordados por los Salmos de las solemnes Vísperas del Patrón, los calceatenses cumplen con una costumbre que, sin duda alguna, podemos considerar novedosa tradición: el reparto de la cebolleta, festivo anticipo del calceatense almuerzo.

 

5. Fiesta y memoria: el 12 de mayo

 

Ya los Annales Compostelani daban por bueno el doce de mayo de 1109 como día de la muerte de Santo Domingo de la Calzada. Pero desde 1110 las mañanas calceatenses aspiran fiesta y exhalan caridad. Bien sentían aquellos primeros discípulos que la muerte de Domingo fue triunfo, plenitud y santidad. En la tradición de La Calzada siempre fueron unidas fiesta y caridad. Eso es el Evangelio y esa fue la vida del Santo: la fiesta de la fe y su vivencia en el amor materializado en el pobre, en el desasistido, en el peregrino, en el oprimido por la ignorancia y el poder, sean del signo que sean.

 

A las cinco y media de la mañana, por calles que se van vaciando del bullicio de la víspera festera, se ven personas que caminan presurosas, solas o en minúsculos grupitos, con una cazuelita en la mano hacia la Casa de la Cofradía del Santo. Aquí comienza a las seis de la mañana la Misa del Almuerzo. Durante toda la noche, en esa Casa, también afamado Albergue de peregrinos compostelanos, algunos cofrades y mujeres ya entradas en años de edad y de servicio, como algunas de aquellas que acompañaron al Santo en sus diarios quehaceres, han cocinado un exquisito potaje de garbanzos, acelga, cebolla, carnero y otras viandas de la tierra que después de la Eucaristía y recibidas las bendiciones del Señor y del Santo será repartido entre los miles de calceatenses y foráneos beneficiarios en el recuerdo de la historia de la concreta caridad del Santo. A las seis la Misa y a las siete comienza el reparto del Almuerzo hasta agotar el contenido de las cinco, seis o siete grandes marmitas en que se ha macerado, cocido y reposado ese Almuerzo santo, pues sólo tiene su sentido y razón en la memoria y presencia del Santo. Y, al filo de las fiestas, son muchos los que envían en pequeños tarros raciones de esos garbanzos a lugares lejanos en fronteras y océanos… allí donde haya un calceatense que el día doce de mayo ha amanecido en la bruma de la lágrima por la ausencia y en el aroma desprendido de la humeante caridad. Y cada año, la Misa del Almuerzo cala con más hondura y sentido en el corazón del pueblo.

 

A partir de las once, la Misa del Santo en la Catedral, centenaria cátedra episcopal y, sobre todo, secular relicario del Cuerpo Santo del Fundador de nuestra Ciudad. Siempre he sentido esta Misa como la rememoración de aquel gozoso velatorio en que los discípulos e inmediatos colaboradores del Santo celebraron su tránsito a la Resurrección: la nostalgia del maestro y la alegría del Santo se funden en emoción incontenible. Solemnísima Eucaristía. Y, como exuberante acción de gracias por la caridad del don eucarístico, la Procesión -¡magnífica!- por las calles de la antigua Ciudad medieval. Pública y secular acción de gracias por la fe de Cristo que llevó a su Siervo Domingo a la gloria de la historia y a la sabiduría de la santidad. El Santo recorre de nuevo el camino que tantas veces regó con su sudor. Pero, ahora, a hombros, en pies acompasados, de quienes sienten y admiran la encorvada figura de un auténtico gigante de fe y caridad: «Que Domingo es sin segundo por su ardiente caridad»…aclamarán gargantas y corazones henchidos de agradecimiento e inundados de misterio. Y con la Procesión del Santo se empiezan a descontar días y horas del año que nos traerá un nuevo 25 de abril.

 

 

Postdata para calceatenses

 

Estimados paisanos:

 

Envidio a los pueblos y sociedades que conservan y transmiten las esencias y fundamento de sus orígenes. Máxime cuando esos orígenes están contrastados por y en la vida de un personaje histórico de la talla y dimensión de nuestro Santo Domingo de la Calzada. Me apenan las personas y colectivos que no ven más allá de la vacía uniformidad de los generalizados formalismos de la fiesta que por superficial, vacía y formalista ha dejado de ser auténtica fiesta. Permitidme, pues, al final de este recuento festero recordaros unas palabras que escribí, también dirigidas a vosotros, hace más de veinticinco años, concretamente en el Programa de Fiestas del año 1990. Vamos con ellas:

 

«Es muy difícil encontrar hoy en el ámbito de la civilización occidental un caso comparable con la relación existente entre los calceatenses y su santo Patrón. La obra de Domingo es su pueblo y en él, por tanto, se encuentran nuestras señas de identidad histórica como pueblo y en cuanto individuos. Cada vez que narremos o expliquemos el origen de nuestra Ciudad estaremos narrando acciones del Santo; siempre que hurguemos en nuestra memoria histórica, colectiva o individual, nos encontraremos con el principio de Domingo de la Calzada. Hablar de nuestra fe es hablar de nuestra Ciudad y nuestro Santo. Decir “Santo Domingo” es referirse a una persona, a una ciudad, a una fe. Imposible establecer cualquier separación o distanciamiento entre el Santo, la fe, la ciudad, nuestro ser. (…)

 

«En Santo Domingo vivimos, aún sin ser conscientes de ello, en una tradición cultural y humana conservada de modo sorprendente por el atractivo admirable de la figura del Santo. Cada momento, cada gesto, cada acto de nuestras fiestas es algo que no nos pertenece, que debemos transmitir y hacer sentir con la nitidez y pureza con que los hemos recibido, con la claridad y luz con que se presentan nuestros propios orígenes y que no podemos utilizar, instrumentalizar o manipular. Ningún calceatense puede sentirse protagonista en su fiesta. En nuestras conmemoraciones patronales sólo hay un protagonista: el SANTO, cuyas acciones nos hicieron ser pueblo, historia y fe. Cada año, pues, nos jugamos mucho en nuestras fiestas. Nos jugamos nuestro origen, nuestro ser.

 

«Los signos, ritos y símbolos a través de los que los calceatenses hemos expresado durante siglos la vivencia de nuestros orígenes han de constituir un legado muy por encima de lo meramente curioso, turístico o populachero. Son gestos tan preñados de significado que no debiéramos atrevernos a modificarlos pues, desde una perspectiva religioso-popular, son sagrados. Son acciones que han de ser transmitidas, entregadas, en su pureza original, en la sencillez y severidad que imponen lo que significan.

 

«Nunca he dudado de que el gesto que con más hondura y significación ha expresado la identidad de un pueblo con su héroe fundacional y patrono ha sido durante siglos el silencio asombroso de cientos de gargantas anudadas por ojos arrasados que contemplan anonadados la salida del Santo. Gesto que en los últimos años se ha visto anegado, obscurecido, arrumbado por aplausos, vítores y canciones de tan espontánea buena voluntad como tópica superficialidad que nada tiene que ver con la hondura de sentir que el 12 de mayo, en el momento en que Domingo sale a su Ciudad y precisamente en ese momento, se remueven los cimientos humanos de un pueblo y los fundamentos históricos de miles de personas, porque en ese preciso instante el Santo vuelve a levantar la Calzada, socorre de nuevo a pobres y peregrinos y convoca, desde la presencia de los siglos, a los discípulos que hicieron este pueblo».

Sorprendente silencio que impactó profundamente, en el siglo XVIII, a un célebre Maestro de Capilla de nuestra Catedral. Sorpresa que, además, reflejó en la letra de un bellísimo villancico que durante años se cantó por y para los calceatenses:

 

Silencio señores,

que aquí será un pasmo

oir lo que dice.

Silencio,

callemos, oigamos.

 

(…)

 

Cuando sales del templo

para este sitio,

te saluda La Rioja:

¡Salve, sol mío!

 

(…)

 

Silencio señores,

que aquí será un pasmo

oir lo que dice.

Silencio,

callemos, oigamos.

 

Arturo  Calvo  Espiga

Abogado del Tribunal de la Rota de Rota

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