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Día Mundial del Refugiado: 20 de junio

En un mundo donde las violencias, guerras, persecuciones etc. obligan a miles de personas a abandonar sus hogares para salvar sus vidas, en palabras de Desiré Kizungu, delegado de la Pastoral con los Inmigrantes de la Diócesis, “hoy, en esta celebración del Día Mundial de los Refugiados toca manifestarles nuestra cercanía y apoyo”. Toca gritar con voz potente para sensibilizar la opinión pública, llamar la atención, señalar que el problema de los refugiados sigue sin resolver.

 

El mediterráneo, ese bello mar, que siempre ha favorecido el encuentro e intercambio entre continentes, culturas y civilizaciones se está convirtiendo en un enorme cementerio donde, en estos últimos años, han perecido más de treinta y tres mil refugiados. A ese número, ya escalofriante, hay que añadirle la cantidad de gente que está muriendo en las fronteras internas. La realidad en la frontera Sur, tampoco es como para tirar cohetes.

 

Esta situación clama al cielo, es una “vergüenza” dice el Papa. “Hoy es un día propicio para recordar la responsabilidad de los estados para con millones de refugiados, cuyos derechos no están reconocidos y sí, en muchos casos, pisoteados”, subraya Kizungu. Ya es hora de que los gobiernos, de manera conjunta y decidida, tomen carta en este asunto. Como bien dice el Secretario General de la ONU, “No se trata de compartir una carga, sino de compartir una responsabilidad mundial, basada tanto en la idea general de que todos somos humanos como en las obligaciones muy específicas contraídas en virtud del derecho internacional”.

 

En este día, nuestra Iglesia diocesana hace suyo el dolor de los refugiados, se suma a la reivindicación de sus derechos. La iglesia, siempre comprometida con los más débiles y vulnerables, alza la voz como lo viene haciendo siempre, a través de la labor y compromiso de las distintas entidades eclesiales que se dedican al cuidado de todos los migrantes, independientemente de su estatus migratorio, ya que la solicitud pastoral de la Iglesia no tiene fronteras. Como bien dice el Papa Francisco, “la Iglesia no sólo ayuda a los católicos, sino a todo ser humano que se encuentra en dificultad, ya que nadie puede quedar excluido del amor y la atención de la iglesia sea cual sea su procedencia, su condición social y religión”.

 

Hoy más que nunca es urgente poner en marcha una cultura de encuentro donde tengan cabida tanto los refugiados como cualquier otro migrante cuyos derechos se ven amenazados. El Santo Padre, en su mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado de este año 2018, indica que para hacer realidad esa cultura de encuentro es preciso ver al otro como lo que es, un ser humano, y conjugar con él estos cuatro verbos: Acoger, proteger, promover e integrar.

 

La acogida implica ampliar las posibilidades para que los emigrantes y refugiados puedan entrar de modo seguro y legal en los países de destino. Para ello, hace falta que los gobiernos concedan visados por motivos humanitarios, digan no a las expulsiones colectivas, proporcionen alojamientos dignos, seguridad personal, acceso a los servicios básicos y creen corredores humanitarios.

 

La protección pasa por una puesta en marcha de una serie de acciones en defensa de los derechos y de la dignidad de los emigrantes y refugiados, facilitando un acceso equitativo a la justicia, adecuada asistencia consular, derecho a tener consigo los documentos de identidad, libertad de movimiento en los países de acogida, posibilidad de trabajar.

 

La promoción implica trabajar, tanto con los emigrantes y refugiados como con las comunidades que les acoge, que se les dé la posibilidad de realizarse como personas en todas sus dimensiones: religiosa, social, cultural. 

 

La integración, consiste en trabajar juntos para construir una cultura de encuentro, la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno. Esa integración no ha de entenderse como una asimilación que induce a suprimir o a olvidar la propia identidad cultural, sino que hay que poner en pie una sociedad intercultural que favorezca el encuentro mutuo. Todo eso supone una superación del miedo frente al otro, al desconocido, al extraño, al extranjero. Superado el miedo, se abre paso al conocimiento del otro, se descubre su riqueza de ser humano y la novedad que trae consigo.

 

Para poner punto final a estas líneas, “hay que recordar que la celebración de este Día Mundial de los Refugiados nos tiene que servir para despertar, mirar al otro como si fuera un espejo que nos revela nuestra propia identidad de seres humanos, hijos en el Hijo. Solo redescubriendo al otro como hermano, poniéndonos en su propia piel, compartiendo su dolor y anhelos para conseguir una vida más digna, no nos cansaremos de hablar y defender sus derechos”, concluye Kizungu. Y esa tarea nos incumbe a todos, cada uno según sus propias responsabilidades.

 

 

 

 

 

 

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