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Crónica de EUNTES

 

 

GRAN TARDE EN LA PLAZA DE LA RIBERA

(Crónica taurino – religiosa)

 

 

Diecisiete de noviembre de 2018. Lleno absoluto. La celebración bien lo merecía: el inicio oficial de la “Misión diocesana EUNTES” convocada por nuestro Obispo. Y fue una gran tarde festiva y religiosa en el coso de La Ribera.

Intento resumir lo que vivimos, aunque no sé si lograré transmitir la emoción y el júbilo de quienes participamos en la alegría contagiosa y compartida de nuestra fe católica renovada. Dado el lugar de la celebración, me tomo la licencia de usar ciertos términos taurinos. ¡Con la venia!

Un gran acierto fue elegir el coso de La Ribera. Los más de 10.000 participantes nos sentimos cercanos, apiñados y fraternos en la gran Eucaristía. La plaza lucía un insólito aspecto: en el centro del ruedo, unos 150 sacerdotes y religiosos concelebrantes – todos de blanco y oro – y un nutrido grupo de fieles cristianos representando a la diócesis; los enfermos, en lugar preferente, a la vera del altar preciosamente adornado con grandes centros de flores y ramaje; y en los tendidos, una multitud colorista y gozosa venida de ciudades y pueblos de La Rioja entera; los coros espléndidos; y muchos, muchísimos jóvenes, cientos de ellos, trabajaron durante días como voluntarios para preparar el evento en miles de horas, todas sumadas. A fe que lo hicieron con generoso entusiasmo y eficacia. ¡Gracias, chavales!

Quiero resaltar, sobre todo, la presencia emotiva de las imágenes de vírgenes y santos patronos de parroquias y ermitas de toda la geografía riojana. Venían con el aroma añejo de siglos de fe cristiana y en sus tallas, sus mantos y sus rostros traían impregnado el perfume familiar de los viñedos, campos, cereales y frutas exquisitos de nuestra tierra ubérrima.

Situadas las imágenes a lo largo de la barrera y los burladeros, junto al callejón, me conmovió una circunstancia: ver a la vírgenes como apoyando sus mantos muy cerquita de donde los diestros depositan con mimo sus ricos capotes de paseo. Por cierto, muchos de tales capotes llevan bordada o pintada una imagen de la Virgen de su devoción.

Comenzó la ceremonia con la entrada del Obispo vestido de luces – pontificales, por supuesto – en un despacioso paseíllo – litúrgico, claro -. En el altar, un impresionante crucifijo hacía de retablo flanqueado por las imágenes de Santo Domingo de la Calzada, los Santos mártires Emeterio y Celedonio y las Vírgenes de la Esperanza y de Valvanera.

Nuestro Obispo – diestro de buen cartel y muchos fieles seguidores – brindó al Cielo por todos nosotros en su hermosa e inspirada homilía. Sugiero que sea releída y meditada porque fue todo un programa para la Misión diocesana.

Iba presidiendo la Eucaristía nuestro Obispo hasta el momento de la Consagración. En ese preciso instante sagrado, vivido con un alto silencio de adoración y de fe, cambió la presidencia: vino el mismo Señor Jesús Sacramentado y su llegada fue la regia y suprema presidencia. Vino el Señor a la plaza, primero al altar y luego en la multitudinaria comunión, al ruedo y los tendidos.

Y esto me mueve a compartir con todos un pensamiento que me ronda desde aquel día: sé bien que hay plazas de toros emblemáticas, históricas por su antigüedad y/o célebres por grandes hitos de la tauromaquia que en ellas tuvieron lugar;  pero no me consta que ninguna de ellas haya gozado el privilegio singular de tener en su recinto, en su ruedo y en sus tendidos, la presencia sacramental de Jesucristo. La Ribera ostenta ya ese excepcional honor, histórico y cristiano.

Tras la misa, nuestro Obispo hizo el rito del “envío para las misión diocesana”. A todos y cada uno nos dio así la alternativa evangelizadora.

El final de una gran tarde, según la tradición, es siempre la salida a hombros por la puerta grande. Y así fue: salieron las imágenes, llevadas con devoción y orgullo por quienes las trajeron, en una gozosa procesión por las calles logroñesas atardecidas, camino de Santiago el Real.

¡Olé por el Señor que vino a la plaza! ¡Olé por nuestro Obispo! ¡Olé por los miles de participantes! Y ¡olé por La Ribera!

 

Fernando Loza Martínez 

Sacerdote 

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