Congreso de Laicos: Un pentecostés renovado


Ponencia final del Congreso de Laicos: Un Pentecostés renovado Monseñor Toni Vadell Ana Medina

  1. Premisa

En la dinámica de nuestro Congreso, la Ponencia final tiene un doble objetivo: de un lado, presentar las aportaciones que, en un ejercicio de discernimiento, los Grupos de Reflexión han formulado tras el recorrido de los cuatro itinerarios que constituyen el eje central de nuestro encuentro; de otro, ofrecer un escenario de futuro inmediato que nos permita profundizar en las prioridades que, en un ejercicio de sinodalidad, hemos podido identificar durante este proceso.

  1. El pueblo de Dios en salida

El libro de los Hechos de los Apóstoles presenta el testimonio de los primeros cristianos y cuenta cómo se extendió el Evangelio por el mundo entonces conocido. En los Hechos de los Apóstoles vemos con claridad que en Pentecostés el Espíritu Santo abrió el tiempo de la Iglesia y de la misión. “En Pentecostés, el Espíritu hace salir de sí mismos a los Apóstoles y los transforma en anunciadores de las grandezas de Dios, que cada uno comienza a entender en su propia lengua” (EG 259).

  • El pueblo de Dios misionero y santo

La Iglesia nace del misterio de Dios y camina en la historia como pueblo; para pertenencer a ella se necesita el bautismo y para mantenerse en ella es fundamental la eucaristía.

La Iglesia es el pueblo de Dios, misionero y santo. Este pueblo estaba formado por hombres y mujeres, cristianos que venían del judaísmo y cristianos que venían del paganismo, apóstoles y maestros, profetas y diáconos, pastores y fieles. Es un pueblo en salida por expreso mandato de Jesús resucitado. La Iglesia es Iglesia en salida y, por eso, en toda época la misión renueva a la Iglesia. En esencia la misión consiste en dar vida. “Aquí descubrimos otra ley profunda de la realidad: que la vida se alcanza y madura a medida que se entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión” (EG 10).

¿Quiénes forman parte de este pueblo misionero y santo? Este pueblo está constituido por hombres y mujeres con diversidad de vocaciones, carismas y ministerios. Este pueblo se caracteriza porque sus miembros tienen un mismo bautismo, una misma llamada para ser seguidores a Jesús, un mismo mandato para llevar el Evangelio hasta los confines del mundo, unos rasgos identificadores como son la vida comunitaria, la celebración litúrgica, especialmente la celebración de la eucarística, y el servicio generoso para el bien del mundo. Hay diversidad de ministerios pero una misma misión. Este es el fundamento del apostolado laical y de cualquier apostolado.

Los laicos somos una parte fundamental del pueblo de Dios. También los laicos somos discípulos misioneros de Jesús. No somos una cosa o la otra, sino discípulos misioneros, sin separaciones, sin divisiones, sin compartimentos estancos. Somos discípulos misioneros:

  • con la mirada puesta en Jesús. Somos hombres y mujeres de fe que miramos a Jesús y queremos mirar la vida con la mirada de Jesús. “La fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver” (LF 18).

  • conscientes de nuestra propia vocación. Somos hombres y mujeres agradecidos por el regalo de la vocación que el Señor dibuja en nuestras entrañas. “Porque la vida que Jesús nos regala es una historia de amor, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno” (ChV 252). Deseosos de vivir en comunión con los cristianos que tienen otras vocaciones dentro del Pueblo santo de Dios.

  • con una vida entregada a los demás. Nos gustaría sacar fuera lo mejor de nosotros para la gloria de Dios y para el bien del mundo. Decimos “aquí estoy Señor”, porque queremos acoger el don que nos hace el Señor, y colaborar con Él en la misión.

  • En un contexto secular y pluralista

También nosotros, fieles laicos, somos una misión. “La misión en el corazón del Pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar (EG 273). Estas acciones son importantes llamadas del Espíritu.

Junto con las otras vocaciones, los laicos formamos parte del pueblo de Dios en una sociedad secularizada y plurireligiosa. El pluralismo se ha extendido en todos los órdenes de la vida. Se deja ver en distintos estilos de vida, modos de pensamiento, cosmovisiones, sistemas de orientación. Todos vivimos al mismo tiempo mundos muy diferentes en la familia, el trabajo, la esfera pública, la economía, las diversiones, las relaciones. En este sentido, saber situarse en este complejo contexto no es fácil y es para los cristianos un importante reto.

No hay otro lugar para la misión que este mundo con toda su complejidad. Creemos que el icono bíblico de Babilonia puede ser inspirador. En Babilonia el pueblo de Israel se diluye en el contexto, excepto un pequeño resto, una parte pequeña del pueblo que no sucumbe a la propuesta de los ídolos, se mantiene fiel a la Alianza, y continúa esperando en las promesas de Dios. La pregunta es inmediata: ¿Cómo ser un resto significativo en nuestro contexto actual?

  • La propuesta de un Congreso de laicos

En la base de la experiencia cristiana está la convicción de que Dios está actuando en el mundo, en la Iglesia, en nosotros, en todo hombre y en toda mujer. Y porque Dios está actuando podemos buscar los signos y las huellas que Dios deja. Esta convicción ha estado muy presente en la convocatoria de este Congreso. Estamos convencidos que el Espíritu Santo busca la manera de renovar nuestras Iglesias y utiliza acontecimientos como este mismo Congreso. Este es un Congreso de todo el Pueblo de Dios que peregrina en nuestras iglesias de España y de manera particular es un Congreso de laicos.

Llegamos aquí después de haber recorrido un estimulante camino de preparación. Ponerse en camino ya ha sido causa de alegría y podemos afirmar que estamos viviendo este proceso como un acontecimiento de gracia. En estos meses de preparación hemos podido ver cómo el Espíritu Santo iba despertando a muchos laicos, generaba ilusión e inquietud en no pocos, curiosidad en otros, ilusión en todos, nos ponía en movimiento, creaba espacios de diálogo y de comunión.

Por eso, podemos afirmar que en estos meses hemos vivido una experiencia de sinodalidad. Sinodalidad es caminar juntos. La Iglesia sinodal, gracias al Espíritu Santo, cultiva relaciones, pone en valor la vocación de cada fiel, favorece los carismas y el sentir con la Iglesia, se caracteriza por la comunión. El proceso sinodal que hemos vivido ha estado caracterizado por:

  • la escucha. Queremos ser una Iglesia que escucha con la misma actitud que Jesús. La escucha tiene un valor teológico y pastoral. “Una Iglesia a la defensiva, que pierde la humildad, que deja de escuchar, que no permite que la cuestionen, pierde la juventud y se convierte en un museo” (ChV 42).

  • el discernimiento. Queremos ser una Iglesia de discernimiento. “ (Este) nos hace falta siempre, para estar dispuestos a reconocer los tiempos de Dios y de su gracia, para no desperdiciar inspiraciones del Señor, para no dejar pasar su invitación a crecer” (GE 169).

  • la corresponsabilidad y la participación. Queremos ser una Iglesia caracterizada por la corresponsabilidad y la participación de todos los bautizados, cada uno según su edad, su estado de vida y su vocación.

El camino de preparación nos ha traído a laicos de todos los rincones de nuestras Iglesias que peregrinan en España hasta este Congreso; también a obispos, sacerdotes y consagrados. En estos días nos hemos puesto en las manos del Espíritu; hemos podido compartir reflexiones, talleres y experiencias, charlas de pasillo, oraciones, la celebración de la Eucaristía y momentos de fiesta; hemos disfrutado de la comunión y de la diversidad de vocaciones y carismas. Preguntemos al Espíritu: ¿hacia dónde vamos? ¿qué caminos hemos de iniciar?


  1. Sembrar semillas y cosechar espigas de sinodalidad

Nada crece si no se ha sembrado. En este Congreso estamos sembrando las semillas necesarias para renovarnos y dinamizar el laicado en España; al mismo tiempo, estamos cosechando ya los primeros frutos de los cuales saldrán nuevas semillas de sinodalidad. Si aceptamos el reto de la siembra tenemos la esperanza de que gran parte de la simiente caiga en terreno bueno y fértil. De hecho, somos conscientes de estar ya contemplando brotes de sinodalidad.

  • La Iglesia en salida es una Iglesia sinodal

El fundamento de la sinodalidad lo encontramos en la eclesiología del pueblo de Dios que “destaca la común dignidad y misión de todos los bautizados en el ejercicio de la multiforme y ordenada riqueza de sus carismas, de su vocación, de sus ministerios” (La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia, 6).

Para hablar de sinodalidad el papa Francisco utiliza varias imágenes. Unas veces habla de una pirámide invertida donde los ministros están al servicio de todos; otras veces de una canoa donde todos reman en una dirección; y en ocasiones prefiere usar la imagen del poliedro. “El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad” (EG 236).

Esta diversidad nos complementa. “En la Iglesia sinodal toda la comunidad, en la libre y rica diversidad de sus miembros, es convocada para orar, escuchar, analizar, dialogar, discernir y aconsejar para que se tomen las decisiones pastorales más conformes con la voluntad de Dios. Para llegar a formular las propias decisiones, los Pastores deben escuchar entonces con atención los deseos de los fieles” (La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia, 68). En el ejercicio de la sinodalidad todos nos ponemos a la escucha del Espíritu y hacemos juntos el camino pero cada uno desde su propia responsabilidad.

  • La conversión pastoral y misionera

Para recorrer este camino necesitamos estar abiertos a la conversión pastoral y misionera, comunitaria y personal. En esta ocasión puede servir de inspiración el icono bíblico de la predicación de Jonás en Nínive. Vemos en esta historia la importancia que tiene la conversión. El relato bíblico cuenta que gracias a la predicación de Jonás los ninivitas se convierten. Esta historia tiene otras enseñanzas: los ninivitas se convierten, incluso Dios cambia su decisión, pero curiosamente Jonás se obceca y se cierra a la conversión. El relato muestra a un Dios rebosante de misericordia y a un profeta cargado de amargura. ¡Qué necesaria es la conversión, también la conversión de los profetas! Este relato nos interpela a todos nosotros.

La conversión pastoral y misionera exige la implicación de todos, cada uno desde su propia vocación. “El gran desafío para la conversión pastoral que hoy se le presenta a la vida de la Iglesia es intensificar la mutua colaboración de todos en el testimonio evangelizador a partir de los dones y de los roles de cada uno, sin clericalizar a los laicos y sin secularizar a los clérigos, evitando en todo caso la tentación de un excesivo clericalismo que mantiene a los fieles laicos al margen de las decisiones” (Comisión Teológica, 104).

Finalmente, la conversión exige humildad. Solo podemos ser humildes si reconocemos que nunca estamos totalmente convertidos. Siempre podemos volver nuestra mirada a Dios para que Él cambie nuestra mente, purifique nuestro corazón y nos haga recorrer su camino. En este proceso hemos reconocido errores, sombras y carencias. El camino de la humildad es necesario: hace que el perdón y la misericordia de Dios lleguen a nosotros; propone hacer memoria agradecida de la obra que Dios ha hecho con nosotros; invita a dejarnos acompañar por la Iglesia que hoy está proponiendo el camino de la sinodalidad.

  • La importancia de la cultura

Hace ya cuarenta años el Papa Pablo VI afirmaba que el compromiso evangelizador atiende una doble fidelidad: “Esta fidelidad a un mensaje del que somos servidores, y a las personas a las que hemos de transmitirlo intacto y vivo, es el eje central de la evangelización” (EN 4). Esta fidelidad al Señor y a las personas lleva a reconocer el valor de la cultura. “El ser humano está siempre culturalmente situado: naturaleza y cultura se hallan unidas estrechísimamente. La gracia supone la cultura, y el don de Dios se encarna en la cultura de quien lo recibe” (EG 115).

La cultura que vivimos trae nuevas preguntas. El Sínodo sobre los jóvenes habló sobre algunos desafíos antropológicos y culturales a los que estamos llamados a enfrentarnos en nuestro tiempo: el cuerpo, la afectividad y la sexualidad, el papel de la mujer en la Iglesia y en la sociedad; los nuevos paradigmas cognitivos y la búsqueda de la verdad; los efectos antropológicos del mundo digital; la decepción institucional y las nuevas formas de participación; la parálisis en la toma de decisiones por la superabundancia de propuestas; ir más allá de la secularización. Estas son algunas de las preguntas de nuestro tiempo, que se suman a otros retos que llevamos enfrentando años y que nos siguen exigiendo una respuesta. Necesitamos tomar conciencia de estos cambios para poder responder a los nuevos retos del tiempo y de la historia.

Los discípulos de Jesús siempre nos hemos preguntado cómo ser cristianos en el tiempo. San Pablo propuso dos criterios: “No os acomodeis a este mundo” (Rom 12,2) y “examinad todo y retened lo bueno” (1Tes 5,21). San Mateo expresó esto mismo de manera distinta: “Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo” (Mt 5,5). Según el evangelista, los cristianos están en medio del mundo como sal y, al mismo tiempo, tienen algo que ofrecer como luz que ellos mismos han recibido.

  • La Iglesia sinodal quiere ser sal y luz

En esta cultura la Iglesia sinodal quiere ser sal y luz. Hace tres años, en las aportaciones de los jóvenes españoles para el Sínodo sobre los jóvenes, éstos soñaban con una Iglesia misericordiosa, acogedora, cercana y abierta al mundo de hoy y, sobre todo una Iglesia fiel a Jesús y su Evangelio. Para ello es importante:

  • Salir hasta las periferias. Salir hasta las periferias no consiste en esperar a que vengan quienes están en ellas, sino que lleva ponernos en camino y acudir a su encuentro con actitud humilde para acoger y caminar juntos.

  • Diálogo y encuentro. El modo a través del cual la Iglesia se asienta en el mundo es por medio del diálogo y el encuentro. “La Iglesia está llamada a asumir un rostro relacional que sitúa la escucha, la acogida, el diálogo y el discernimiento común en el centro de un proceso que transforma la vida de quienes participan en él» (DF 122).

  • Vivir desde la oración y los sacramentos. Una vida sostenida en la oración y los sacramentos va acompañada del coraje, de la fuerza que dan una y otros. “Invoquémoslo hoy, bien apoyados en la oración, sin la cual toda acción corre el riesgo de quedarse vacía y el anuncio finalmente carece de alma. Jesús quiere evangelizadores que anuncien la Buena Noticia no sólo con palabras sino sobre todo con una vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios” (EG 259).

  • Apertura a quienes buscan. Queremos ser una Iglesia de puertas abiertas, atenta a los buscadores. Lo que nosotros podemos ofrecerles es estímulo, luz y aliento. Esta preocupación es urgente, especialmente en aquellos contextos donde las huellas religiosas hayan perdido fuerza y vigor. Saber comunicarse con quienes buscan exige abrir puentes de relación.

  • Cultivar las semillas del Verbo. En las semillas el Verbo ya está presente, aunque sea de manera incipiente. Por eso vemos muy útil una pedagogía de pequeños pasos. Solo desde lo pequeño podemos llegar a lo grande.

  • Cercanía a los pobres y a quienes sufren. La Iglesia tiene entre sus pilares fundantes la predilección por los pobres. “Hoy y siempre, los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio, y la evangelización dirigida gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos” (EG 50).

  • Anunciar el Evangelio. Vivir la fe exige comunicarla, anunciarla, compartirla. No podemos callar la verdad del Evangelio. “Más allá de cualquier circunstancia, a todos (…) quiero anunciarles ahora lo más importante, lo primero, eso que nunca se debería callar. Es un anuncio que incluye tres grandes verdades que todos necesitamos escuchar siempre, una y otra vez” (ChV 115); estas tres verdades son: Dios te ama, Cristo te salva, El Espíritu da vida y acompaña en la vida.

  • Estar a gusto con el pueblo. No somos de este mundo, pero vivimos en el mundo. “Para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo” (EG 268). El Señor nos toma de en medio del pueblo y nos envía al pueblo.


  1. El protagonismo del laicado

En la Iglesia de comunión sabemos que Dios regala sus dones a todos los fieles cristianos que ellos ponen al servicio de los demás y de la misión. Todos los cristianos estamos invitados a tener un papel activo en la Iglesia y en el mundo, cada uno según su propia vocación.


  • Desplegar la vida desde la vocación

Estamos llamados a desplegar la vida desde la propia vocación. La vocación es el regalo que Dios nos dona junto a la vida. Tiene mucho sentido vivir desde lo que soy porque eso es lo que ha soñado Dios para mí.

Siguiendo la ruta trazada por el Concilio Vaticano II, el papa Francisco propone situar todas las vocaciones a la luz del bautismo y dentro del Pueblo de Dios. Este pueblo ha sido bendecido con distintas vocaciones. “Las vocaciones eclesiales son, en efecto, expresiones múltiples y articuladas a través de las cuales la Iglesia cumple su llamada a ser un verdadero signo del Evangelio recibido en una comunidad fraterna. Las diferentes formas de seguimiento de Cristo expresan, cada una a su manera, la misión de dar testimonio del acontecimiento de Jesús, en el que cada hombre y cada mujer encuentran la salvación” (DF 84). Este criterio nos iguala y, al mismo tiempo, nos diferencia. No podemos dejar de recordar, en este sentido, que la vocación laical es una auténtica vocación: “A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios” (LG 31).

No es extraño entender la vocación como camino de santidad, como fruto del Espíritu Santo en nuestras vidas y en nuestras comunidades, porque toda vida es misión. “Tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión. Inténtalo, escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que él te da. Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy” (GE 23). Hay una continuidad inseparable entre vocación, misión y santidad. La llamada a la santidad es una llamada a la entrega, a la donación y a la alegría misionera.

  • Profundizar la misión

Vocación y misión están inseparablemente unidas, como la cara y la cruz en una moneda. Tenemos que constatar con alegría que en este tiempo crece la conciencia misionera en la Iglesia. No podemos olvidar nunca que la vocación y la misión nacen del Señor, de Él parte la iniciativa. La misión es del Señor, es Él quien llama y envía. No podemos entender la misión como una concesión generosa de nuestra parte.

El Sínodo sobre los jóvenes habló de la sinodalidad misionera. Para poder llevar a cabo esta sinodalidad misionera es fundamental el cuidado de las relaciones. Puede afirmarse, por ello, que la clave está en las relaciones. “También con vistas a la misión, la Iglesia está llamada a asumir un rostro relacional que ponga en el centro la escucha, la acogida, el diálogo, el discernimiento común, en un camino que transforme la vida de quien forma parte de ella… Así, la Iglesia se presenta como “tienda santa” en la que se conserva el arca de la alianza (cf. Ex 25): una Iglesia dinámica y en movimiento, que acompaña caminando, fortalecida por tantos carismas y ministerios. Así es como Dios se hace presente en este mundo” (DF 122).

Aquí están los fundamentos de la misión compartida, tan importante en muchas congregaciones e institutos religiosos. La misión compartida va haciéndose realidad. Es una gran alegría constatar la presencia de tantos laicos comprometidos vocacionalmente en la misión. Nos necesitamos unos y otros, cada uno con su propia vocación, para llevar adelante la misión.

  • Un laicado en acción

En este sentido, podemos hablar con rigor del protagonismo del laicado. Este protagonismo brota del don de la vocación laical y se hace concreto en la responsabilidad que toda vocación conlleva. Cuando posibilitamos y ejercemos este protagonismo, desarrollamos la sinodalidad. Esta se hace efectiva cuando todos los miembros de la Iglesia ejercen su responsabilidad en ella, según la vocación recibida. La responsabilidad de unos está unida a la responsabilidades de otros. Por eso hablamos de corresponsabilidad, que es más que de responsabilidad, porque implica una responsabilidad compartida y ejercida complemenariamente. En la Iglesia sinodal nos necesitamos todos. No podemos excluir a nadie y nadie puede excluirse.

Nos gustaría ver este mismo protagonismo laical en los cauces de participación eclesial, siempre en clave de misión y no de poder. El papa Francisco decía en la exhortación Evangelii Gaudium: “En su misión de fomentar una comunión dinámica, abierta y misionera, (el obispo) tendrá que alentar y procurar la maduración de los mecanismos de participación que propone el Código de Derecho Canónico y otras formas de diálogo pastoral, con el deseo de escuchar a todos y no sólo a algunos que le acaricien los oídos. Pero el objetivo de estos procesos participativos no será principalmente la organización eclesial, sino el sueño misionero de llegar a todos” (EG 31).

Dicho todo esto, también hay que afirmar opción por el laicado asociado y la importancia del laicado no asociado. Tanto unos como otros queremos dar importancia a la vida de cada día. Sería prolijo describir espacios de protagonismo laical. Este protagonismo se ejerce en la familia, las parroquias, escuelas, universidades, hospitales, programas de acción social, misiones ad gentes, medios de comunicación, política, mundo profesional, empresas, sindicatos, proyectos de investigación. Este protagonismo se ejerce en la calle, entre los vecinos, en la ciudad y en el campo. No hay realidad humana donde no se vea el protagonismo laical.

  1. Recorrer caminos de vida y resurrección

En muchas de sus intervenciones el papa Francisco habla de la alegría. El Evangelio es siempre, en sí mismo Buena Noticia, un mensaje de alegría: Jesucristo, revelador del amor y la misericordia del Padre, nos lleva a recorrer caminos de vida y resurrección incluso entre dificultades. En esta vida, alegría y esperanza son un todo indisoluble. Junto a la alegría viene la esperanza. “La razón fundamental y decisiva para nuestra esperanza es la fidelidad y el amor de Dios. Él quiere que todos los hombres se salven y lleguen a la felicidad de su gloria (cf. 1 Tim 2,4).

Este Congreso quiere despertar nuestra alegría y esperanza. Viene bien este mensaje cuando constatamos que la tristeza y la acedia van ganando adeptos. Somos conscientes de que la tristeza puede ir ganando terreno en nosotros cuando los retos son mayores que nuestras fuerzas, las tareas resultan pesadas o el futuro es oscuro. Pero el Espíritu llama a nuestra puerta regalando alegría y esperanza. Queremos recorrer caminos de vida y resurrección.

No partimos de la nada. Hemos seguido un proceso que, en sí mismo, a medida que íbamos soñándolo, concretándolo y poniéndolo en práctica, ha ido planteando un marco de referencia para nuestros próximos pasos. El Documento-Cuestionario, el Instrumentum Laboris, los contenidos y propuestas de los Itinerarios son el esqueleto sobre el que podemos construir el futuro inmediato.

  • El Instrumentum Laboris como contexto de partida

Nuestro ejercicio de sinodalidad nos ha conducido a identificar luces y sombras, a plantear líneas de acción, a concretar algunas propuestas; todo ello ha sido plasmado en el Instrumentum Laboris, que proponemos como marco de referencia. Su contenido sirve de orientación en cuanto a los caminos por recorrer.

De manera resumida, conviene recordar que en él se propone:

  • Encontrar cauces de crecimiento personal y comunitario. El IL propone una conversión personal (IL 69), una conversión comunitaria (IL 71), y una conversión pastoral y misionera (IL 73).