Parroquia San Cosme y San Damián (ARNEDO)

Lo que más me ha gustado es que en las personas he visto el rostro de Jesús pues, a pesar de las dificultades, entre todos hemos salido adelante y llegado a Santiago. Nuestro Obispo Don Carlos nos dijo que Él siempre camina con nosotros y es verdad, ha caminado con nosotros.

Lo que más me ha costado han sido los momentos de reflexión durante el camino. Los kilómetros que recorrido sola han sido necesarios y duros a la vez, pues el camino es como la propia vida: a veces fácil, otras llevadero y en ocasiones muy duro; tanto física, como espiritualmente.

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ALFONSO SÁENZ (Seminarista)

Parroquia San Cosme y San Damián (ARNEDO)

El jueves pasado, día 3 de agosto, cuatro jóvenes de Arnedo concluíamos la que resultó ser una experiencia única: la doble peregrinación, a Fátima (con motivo del centenario de las apariciones) y a Santiago, por el Camino Portugués y organizado por Acción Católica General.


El viaje estaba dividido en dos experiencias diferentes que, mirando atrás, han resultado complementarias. La primera (el viaje y visita a Fátima, y posterior recorrido por Portugal hasta Tui), que hicimos solamente los dos autobuses de jóvenes de La Rioja; y la segunda y más emocionante, la peregrinación por el Camino de Santiago Portugués desde Tui, con más de 1200 jóvenes de toda España.
 

Digo que fueron complementarias porque el primer viaje a Fátima, en las celebraciones y posterior reflexión para el camino, se ambientaba en las bodas de Caná y, así, el obispo nos invitaba a todos a participar en el banquete que habría de ser el resto del viaje; a llenar todos nuestras vasijas hasta arriba de agua y poner todo de nuestra parte para que Él hiciera el resto.
 

El viaje a Fátima fue muy sencillo: visita al pueblecito de los pastorcillos, visita al santuario, misa allí con el obispo y rosario nocturno con velas. Pero sirvió para conocernos como grupo, para ver como veníamos cada uno de nuestras casas (un poco desacostumbrados a hablar y pensar sobre Dios) y para irnos situando en la posterior experiencia.
 

De camino a Tui paramos en Coímbra y en Oporto, donde nos dejaron en el centro y aprovechamos para visitar la ciudad. Lo bueno era que los que eran de localidades diferentes ya empezaban a conocerse y a mezclarse, preparándose así para la experiencia fuerte del viaje.
 

La segunda parte empezaba en Tui, donde nos acogían en pabellones y nos juntaríamos con el resto de los jóvenes de toda España. Un día normal nos levantábamos a las 6 de la mañana, recogíamos todas nuestras cosas y las dejábamos en la zona de nuestra región para que los voluntarios lo cargaran en el camión.

 

Desayunábamos de catering, un ratito de fila y a juntarnos con nuestro grupo. Después hacíamos la oración de la mañana y salíamos a recorrer nuestros 20 km de media. Al llegar al destino nos esperaba de nuevo el catering: arroz, con un filete de carne, macarrones o algo similar, pan, yogurt y fruta. Luego nos acogían de nuevo en pabellones (400 personas durmiendo en esterillas), nos duchábamos y un ratito de tiempo libre para dar una vuelta o descansar. Por la tarde solíamos tener la misa y después la cena y velada nocturna: concierto o algún tipo de animación. Y a las 11 al catre, aunque, no sé cómo, nos daban más de la una sin pegar ojo.
 

La ambientación para la reflexión de estos días era el pasaje de los discípulos de Emaús, donde Jesús acompañaba en el camino a aquellos que habían perdido la fe en Él. 
 

La experiencia de estos días es curiosa, porque sin tener nada de nada, habiendo dejado en casa todas nuestras comodidades y seguridades, comiendo arroz en una bandeja y durmiendo en el suelo, vas viendo… sintiendo, como el grupo se une, como se respira un ambiente de intimidad y compañerismo que llena todas las carencias de esos días. Se ve un cambio en aquellos jóvenes, que al principio no tenían ganas de perder tiempo en la oración o en participar en la misa, y que cada vez les importa menos porque en algún momento han sentido algo que les llena.  Es curioso ver, al igual que en el pasaje, ahora a tiempo pasado, cómo a aquellos que hemos vivido la experiencia, igual que a aquellos discípulos, algo nos ardía en el corazón cuando íbamos de camino, o como lo reconocimos al partir el pan. Tal vez también porque pusimos todo lo que estaba de nuestra parte para abrirnos a esta experiencia en la que de un modo no acostumbrado nos sentíamos Iglesia y en la que, por eso, en cada paso, en cada persona, en cada reto, Dios estaba entre nosotros.

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