Carta a los diocesanos con motivo del Sínodo

Vicente Robredo administrador diocesano

Queridos hermanos y hermanas:

¡Qué hermosa noticia. La Iglesia de Dios es convocada en Sínodo! El 9 de este mes de octubre en Roma y el 17 del mismo mes en cada Iglesia particular se iniciará solemnemente el Proceso Sinodal cuyo título es “Por una Iglesia Sinodal: comunión, participación y misión”. En nuestra diócesis, la apertura se celebrará el próximo día 17 de octubre en todas las comunidades y parroquias, de manera especialmente solemne en nuestras tres catedrales.

El Papa Francisco nos invita a todos los miembros del Pueblo de Dios a interrogarnos sobre este tema tan decisivo para nuestra vida y misión: la sinodalidad. Sinodalidad que es la específica forma de vivir y obrar de la Iglesia Pueblo de Dios, que realiza su ser comunión en el caminar juntos, en el reunirse en asamblea y en el participar de todos sus miembros en la misión de anunciar el Evangelio a todas las gentes. “Iglesia y sínodo son sinónimos” decía san Ambrosio.

La Iglesia, nuestra Madre, nos convoca a todos sus hijos a esta puesta a punto, a este caminar juntos, que es construir hogar, hacer casa común de esta tierra nuestra, nacida como nosotros del amor providente del Padre y del costado abierto de Cristo.

Este caminar juntos, este reflexionar juntos sobre el camino ya recorrido nos posibilitará discernir las sendas y procesos eficaces que hoy pueden ayudarnos a vivir la comunión, a intensificar la participación y a llevar a cabo la misión evangelizadora.

Somos Pueblo de Dios al que nada de lo humano le es ajeno, cuerpo de Cristo, ninguno de cuyos miembros está por encima o debajo de otro. En cualquier caso, si hay que tener en cuenta y cuidar con más atención a alguno es al más desvalido, enfermo, frágil. Una misma sangre, la de Cristo, corre por nuestras venas; un mismo amor, el del Espíritu, arde en nuestros corazones. Somos comunión fraterna que crece en la unidad, enriqueciéndose de todos los carismas, armonizando todas las diferencias.

Porque de eso se trata, de que todos los bautizados nos incorporemos, como somos, pensamos y sentimos, a esta unidad armónica. Solo integrando los matices, los carismas propios de cada uno en la unidad seremos viva imagen del Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, a cuya semejanza estamos hechos. Siendo común nuestro origen, siendo común nuestro destino, sería una contradicción que no lo fuera nuestro caminar cotidiano.

Todos los bautizados estamos llamados a participar en la vida de la Iglesia; todos estamos llamados a implicarnos intensamente en este Proceso Sinodal al que el Papa Francisco nos convoca. Todos sin excepción: los integrados en la comunidad, los que participan en momentos puntuales, los que un día se fueron o alejaron, los que nunca han estado todavía.

Esta participación nos exige una escucha atenta de la Palabra de Dios, que no deja de hablarnos en su Hijo; una escucha respetuosa del Espíritu que habita en cada uno de los miembros del Pueblo de Dios, que alienta en la creación entera, a veces gimiendo en ella con dolores de parto; una escucha atenta de los acontecimientos de la humanidad, de sus logros y fracasos; una escucha de los gritos y silencios de cuantos sufren desde las periferias existenciales; una escucha de la naturaleza y sus cuidados…

Sin esta escucha atenta y reflexiva es imposible discernir la respuesta adecuada, fructífera y eficaz que nos ilumine en la tarea de diseñar con acierto los nuevos caminos, siendo fieles a las necesidades del mundo de hoy, a las inspiraciones del Espíritu y a los signos de los tiempos en los que Él se manifiesta.

Esta llamada sinodal viene a inscribirse en nuestro ya avanzado proceso de la MISÓN DIOCESANA EUNTES, que la pandemia nos ha dejado casi aparcado durante un curso. La reflexión y trabajos realizados en ella los incorporaremos con naturalidad al proceso sinodal que se nos ofrece ahora. No son cosas distintas, sino caudal común que acrece  el cauce eclesial y diocesano.

¡Ánimo, diocesanos y diocesanas! Os invito a que participéis de la manera más viva e ilusionada en este proceso sinodal. El mundo necesita mensajeros de luz, constructores de paz y de esperanza, artífices de una justicia universal, de una caridad sin límites. ¿Qué mejor ocasión para volver a las raíces bautismales, al amor primero, a la siembra de un Dios que solo busca la bienaventuranza para todos sus hijos?

No tengáis miedo. La Virgen de Valvanera nos sonríe,  bendice nuestros pasos, nos acompaña amorosamente en el camino.

 

Un abrazo.

Vicente Robredo

Administrador Diocesano

 

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