Me apunto a Religión

Vicente Robredo administrador diocesano

Queridas familias, ha llegado el momento de formalizar las matrículas de nuestros hijos en los Colegios e Institutos, de cara al próximo curso escolar. ¡Vamos a ello! Todos somos conscientes de la necesidad de que nuestros hijos se desarrollen íntegra y armónicamente, lo que les ayudará a vivir en plenitud y a afrontar con éxito los retos que les salgan al paso.  Garantizar su educación es nuestro deber de adultos para con ellos y es su derecho legítimo. No podemos defraudarles.

La complejidad del mundo actual demanda a nuestros alumnos valores y conocimientos cada vez más exigentes que los capaciten para caminar por la vida con un mínimo de luz y de serenidad. Y eso no se improvisa. La educación es proceso continuado que desentraña lo mejor del ser humano y lo acompaña en su desenvolvimiento hasta lograr la madurez. La educación es siembra y es cosecha, atención y cuidado; es tradición viva que fecunda nuestro presente y es creatividad presente que propicia un futuro esperanzador. El mundo nos llama a mejorarlo mejorándonos, a hacer de él cada día un hogar entrañable para todos. ¡Qué importante es ir adquiriendo, ya desde niños, hábitos de esfuerzo, de curiosidad intelectual, de sentido de la justicia y la fraternidad, de apertura a la trascendencia, de búsqueda sincera de respuesta a nuestros anhelos personales y sociales más acuciantes!

La religión católica aporta esos saberes que aclaran el misterio de lo humano, el valor de la historia y de la vida, su raíz, su sentido y su finalidad; ayuda a discernir lo permanente y adecuarlo a cada circunstancia; promociona a cada persona, grupo o pueblo, en aras de la plena comunión y humanización; aboga por la justicia, la equidad y la libertad humanas, fundadas en un Dios Padre de todos que nos ha hecho hijos suyos; extrae de las diversas disciplinas el zumo de la sabiduría perenne, universal. Por eso, queridos padres y madres, os animo a que, como responsables primeros de la educación integral de vuestros hijos, valoréis la riqueza imprescindible de la educación religiosa y, motivándolos, los matriculéis en la clase de Religión Católica en los cursos de Infantil o Bachillerato pertinentes.

Sé bien, queridos padres y madres, de vuestro amor total a vuestros hijos desde el primer instante; cómo dais vuestra vida por ellos día a día, con el fin de que la suya vaya creciendo, vaya abarcando todas las dimensiones. Sé cómo os esforzáis para que, junto a los conocimientos científicos, adquieran certezas sobre el valor supremo de la vida, su origen y su destino. Sé cómo cultiváis las actitudes que los capaciten para encarar la existencia con fe viva, con esperanza firme, con clara y generosa honestidad. Vuestro amor es su escuela más completa, su más plena y fecunda educación.

¡Cómo os honra vuestra preocupación por una formación integral, que les permita descubrir y desarrollar sus cualidades, compartirlas con todos, limar sus asperezas, convertir los problemas en ocasión de crecimiento y solidaridad! El proceso educativo afirma su identidad en la libertad y la corresponsabilidad, en la relación cordial con el hermano, en la búsqueda conjunta del bien común, en el desarrollo equilibrado de todas sus virtualidades. Una educación que no tuviera en cuenta la dimensión religiosa y espiritual, dejaría amputados sus derechos, frustrado su proyecto de vida y truncadas las respuestas a sus anhelos más trascendentales.

La asignatura de Religión Católica subraya la dignidad inalienable de la persona, sus derechos y deberes fundamentales,  la relación amorosa con la naturaleza, con uno mismo, con los otros y con Dios; promueve el diálogo interreligioso e intercultural; prepara para afrontar solidariamente los desafíos personales y globales; desarrolla las competencias esenciales en conexión con el resto de disciplinas (arte, literatura, historia, filosofía, ética…); educa en el cuidado de la madre tierra, señala el destino universal de los bienes, teje fraternidad.

Sería irreparable la ausencia de una formación religiosa, que nos enseña a releer la realidad desde sus raíces primordiales, a discernir lo bueno y original de cada persona o grupo humano para ponerlo a disposición de todos; que nos impulsa a reelegir lo adecuadamente justo, a construir un mundo más humano, una casa común, donde el diálogo y el servicio al hermano, sobre todo al más débil, sean las actitudes habituales.

En  esta tarea educativa, es de justicia reconocer y agradecer la meritoria labor de los profesores de Religión Católica, su rigurosa preparación y formación, su singular entrega y dedicación, su esfuerzo creativo, multiplicado en este tiempo de pandemia. Sabéis, queridos profesores de Religión Católica, que sois parte esencial de la comunidad educativa de La Rioja, como lo sois de nuestra iglesia diocesana, que os confía la misión de ser maestros y testigos cualificados del Maestro que nos dijo: “Bienaventurados los misericordiosos, los que trabajan por la paz, los limpios de corazón…”, “Amaos unos a otros,,,”, “Id y enseñad a todas las gentes…”. Sabéis que contáis con nuestro apoyo, nuestra confianza, nuestro ánimo y nuestra oración.

Queridas familias, queridos alumnos, ¡enhorabuena por elegir la clase de Religión Católica! Habéis elegido bien, seguid haciéndolo. Daréis fruto abundante.

Que San José y María, que supieron educar a Jesús y propiciaron su crecimiento en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres, os bendiga y enseñe a culminar la más plenamente humana  de las artesanías: la educación de nuestros hijos en el amor.

 

Vicente Robredo García

 

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