Adiós, don Carlos

Vicente Robredo administrador diocesano

Se nos hace difícil decirle adiós, D. Carlos. Nos habíamos hecho ya a su sombra clara, su saludar discreto, su innata timidez respetuosa, su encarar los asuntos más complejos con lúcida firmeza, su laboriosidad sin concesiones, sus ganas de llegar a todas partes, a cada corazón de los riojanos. Nos habíamos hecho a su discernimiento luminoso, su certera palabra alentadora, su creatividad ilusionante, su pasión pastoral y misionera, a descubrir en el aquí y ahora los signos de los tiempos y a ser su levadura, a su no decir no jamás a nadie, a su acompañamiento generoso. Se nos hace difícil decirle adiós, D. Carlos.

Se nos hace muy fácil darle gracias. Del corazón creyente diocesano brota espontáneamente el agradecimiento por tanto amor de Dios aquí sembrado. Nos sentimos no en deuda, porque el amor no cobra deuda a nadie, pero sí inmensamente agradecidos a su ser, a su estar entre nosotros.  Su paso por la Rioja, por todas sus ciudades y sus pueblos, por este presbiterio diocesano, ha dejado una huella muy profunda de comunión y afecto.

Gracias, D. Carlos, por el tiempo vivido con nosotros, por habérsenos dado sin condición alguna, con la amorosa intensidad del padre que busca que sus hijos tengan vida, la Vida, y siembren vida, la que Jesús nos trajo para que la viviéramos y la comunicáramos a todos. Gracias por recordarnos cada día que nuestra identidad es el anuncio, la misión: “Id, euntes,” a enseñar, compartir la Buena Nueva del Dios que da la vida por querernos.

Gracias, D. Carlos, por dejarse llevar por el Espíritu, por haber alentado con el viento de Dios nuestros humildes rescoldos pastorales, por haber avivado con el fuego de Dios nuestra sagrada condición de llamados; por habernos arado, sembrado, llovido y soleado para dar frutos nuevos; por haber conjugado la urgencia y la paciencia, por haber convertido la arena del albero en un envío, la piedad popular en un impulso de salida constante, nuestra fe y comunión en cercanía al pobre y afligido, en mano abierta tendida al alejado.

Gracias por animarnos a limpiar nuestros cauces para que la Palabra llegue fresca a quien nunca la ha oído, libre de inoportunas adherencias a quien la escucha a diario; por alentar a todo bautizado a ser luz eucarística, alegría y bienaventuranza de evangelio; por conocer de cerca nuestras comunidades, valorar sus carismas, comprender sus carencias, compartir sus pesares y celebrar sus fiestas con nosotros.

Gracias por exhortarnos a renovar el sí al amor primero, a la disponibilidad para el servicio de Dios y de los hombres y mujeres, de la iglesia y del mundo; por habernos mostrado su faz de ciudadano responsable, sensible a los problemas, dialogante con todos.

Gracias por su cariño a la Patrona de La Rioja, la Virgen de Valvanera, a nuestros santos patronos Emeterio y Celedonio, Domingo de la Calzada, y a todos los patronos y patronas, que cuidan de nosotros.

Sepa D. Carlos que, por lejos que vaya, seguirá estando aquí, que esta es su casa; que no hay leguas que nublen su presencia, desmemoria que borre la huella de su paso; que nuestra humilde iglesia diocesana seguirá acompañándole donde quiera que se halle; que el adiós que es amor echa raíces que no perecen nunca, extiende ramas inmunes al ocaso.

El otoño en La Rioja se hace oración, silencio. Calahorra confía sus cuitas al Cidacos, Santo Domingo acuna las nostalgias del Oja, Logroño deposita su esperanza en el Ebro, que acrece su caudal de bendiciones camino de Aragón, noble destino.

Zaragoza se asoma, contempla el horizonte con instinto materno. El Pilar y la Seo se disponen a agasajar al hijo que regresa para ser su pastor y ya preparan la fiesta de familia más alegre para conmemorarlo.

¡Adiós, D. Carlos! ¡Muy feliz y fecundo pastoreo en nuestra hermana tierra aragonesa! ¡Que el Padre le bendiga! ¡Que el Hijo le ilumine! ¡Que el Espíritu Santo lo colme de su amor y de su gracia! La Pilarica espera con los brazos abiertos.

 

Vicente Robredo

Administrador Diocesano

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