Tiempo de contemplación

Vicente Robredo administrador diocesano

Si el verano es un tiempo propicio al turismo, al viaje de recreo, también es un tiempo propicio para la lectura, el sosiego, el encuentro más pausado con amigos y seres queridos, para la contemplación.

Contemplar, así lo entendían los romanos, era mirar al cielo para establecer el templo en el punto luminosamente clave de la ciudad. Contemplar es detenerse a ver el misterio que entraña cada cosa, por pequeña que sea, la huella amorosa que en ella ha dejado el creador. Es hallar un espacio sagrado en nuestra vida cotidiana, donde abismarnos, desde donde mirar con pausa los detalles que cada día nos ofrece la luz.

No favorece demasiado nuestra cultura la contemplación. La vida actual exige un ritmo cada vez más acelerado que puede dar al traste con nuestro equilibrio natural.

Por eso, un poco de clausura, de claustro existencial y de silencio sagrado nos ayuda a despojarnos de apariencias vanas y nos puebla de amor y de piedad.

La Rioja es privilegiada, al contar con numerosas comunidades de vida consagrada, dedicadas al “ora et labora”, al trabajo y a la oración.

Agustinas Contemplativas, Carmelitas Descalzas, Cistercienses, Concepcionistas, Clarisas, Dominicas… Ellas son la fuente escondida que surte de agua fresca al peregrino; ellas, la sombra humilde que cobija al cansado; ellas, la blanda hierba que hace muelle el sendero de la vida, el bálsamo que cura las llagas y recobra al pastor para que siga andando delante, en medio o detrás de su pueblo; ellas  son la lluvia que fecunda la tierra en la que el sembrador esparce la Buena Noticia; ellas, desde su calma, serenan las tormentas del espíritu que zarandean la barquilla de Pedro; ellas son el silencio más sonoro del Señor en la tierra, la mirada callada del Espíritu.

Este año celebramos el cuatrocientos sesenta aniversario de la fundación del convento de Santa Clara, porciúncula de las Madres Clarisas de Arnedo.  Las felicitamos de corazón, rezamos con ellas y por ellas y les agradecemos su constancia, su devota obediencia, su castidad fecunda, su pobreza que tanto nos enriquece a todos y su exquisita caridad.

Encontrad, queridos riojanos, ese espacio de silencio en el que Dios nos habla y disfrutadlo con paz.

 

 

Vicente Robredo

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