Contagia solidaridad para acabar con el hambre

Vicente Robredo administrador diocesano

CONTAGIA SOLIDARIDAD PARA ACABAR CON EL HAMBRE

 

En pleno invierno, en plena pandemia, Manos Unidas viene a mover de nuevo nuestros corazones en favor de tantos millones de personas que padecen la trágica epidemia del hambre; millones de personas que necesitan con urgencia un mínimo alimento que llevarse a la boca y un mínimo de justicia y de humanidad que llevarse al corazón para poder sobrevivir.

En pleno febrero, en plena pandemia, Manos Unidas viene a recordarnos que más de 600 millones de personas padecen hambre crónica, número que la pandemia de la Covid sigue incrementando a un ritmo acelerado. Manos Unidas viene a llamar nuestra atención sobre los 3.000 millones de personas que no pueden permitirse el lujo de una alimentación mínimamente saludable, ya que el coste supera el umbral internacional de la pobreza (1,90 dólares por persona al día), inasequible para la población necesitada. Manos Unidas pone ante nuestros ojos que más de 200 millones de personas mueren a causa del paludismo en el mundo, que 2 millones de bebés nacen muertos cada año por carecer de asistencia médica, que 2.200 millones de personas viven privadas de acceso al agua potable…

Desafortunadamente, nos hemos ido acostumbrando a oír hablar de cifras tan cuantiosas, de situaciones tan desesperadas como si no fueran con nosotros, como si la solución nos superara, como si la responsabilidad de arreglarlo correspondiera solo a los gobiernos o a las altas instituciones internacionales.

Es cierto que la solución debe ser global y que todas las naciones deben ponerse de acuerdo en considerar prioritaria la actuación urgente para acabar con tan inhumana situación, que es la deshonra y vergüenza de nuestra sociedad. ¿Cómo es posible que en nuestro tiempo, tan orgulloso de la técnica, la riqueza, el bienestar y el progreso, haya personas que sigan muriendo de hambre?

Es cierto que hemos de denunciar la pobreza, la desigualdad, la injusticia con todas nuestras fuerzas, que hemos de exigir a nuestros dirigentes la puesta en marcha de soluciones globales, para que a nadie falte el pan de cada día, ni el libre ejercicio de sus derechos elementales. Pero no es menos cierto que los que padecen tamañas pobrezas son hermanos nuestros, miembros de nuestra familia humana, hijos del mismo Padre y, por tanto, también deben ser nuestros sus padecimientos, nuestras sus carencias, nuestros sus sueños, sus gemidos y sus ansias de vivir dignamente.

No hay razón alguna para desentendernos del problema, disculpa ninguna que nos exima de nuestra responsabilidad personal intransferible. Todos estamos llamados desde nuestra conciencia fraterna, ciudadana y cristiana a responder en la medida de nuestras fuerzas con nuestra actitud solidaria, nuestro tiempo, nuestros bienes.

Bajo las frías cifras hay personas de nuestra misma carne; bocas que alimentar, como las nuestras; cuerpos como los nuestros que cuidar y cubrir, inteligencias que cultivar y ansias de plenitud que piden ser satisfechas.  Hablamos de niños que sufren retraso en el crecimiento o no llegan a él, por causa de la malnutrición o desnutrición, de familias y poblaciones enteras que viven hacinadas en asentamientos marginales con graves carencias de alimentos, agua potable, saneamiento, o asistencia médica.

Manos Unidas, con 62 años a la espalda luchando contra la pobreza y la exclusión, sigue sin jubilarse. Este año nos brinda un lema, que es todo un programa de acción y de actitud: “¡Contagia solidaridad, para acabar con el hambre!” ¡Qué urgente imperativo! ¡Qué deber apremiante! Contagiarnos de amor a aquel que sufre, de solidaridad multiplicada con el que menos tiene. Es este un contagio alborozado, del que nadie debería protegerse. Porque nos trae la salud, la paz garantizada y duradera, la sana convivencia entre familias, naciones, continentes.

¿No os animáis a contagiaros y a contagiar a todos de este anhelo de paz y de justicia, para que amanezca cuanto antes ese día en que el mundo sea mesa común, hogar de todos, compartida salud, diálogo abierto en torno al fuego de un amor que no se apague?

 

Vicente Robredo

Administrador Diocesano

 

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