Semana Santa 2021

Queridos diocesanos:

 

En medio de esta crisis del coronavirus, que tanto sufrimiento nos inflige a todos, la Semana Santa sale a nuestro encuentro como un tiempo de gracia y redención. Un tiempo que, si breve, es de una intensidad que sobrecoge por el amor que entraña: el amor de un Dios que da la vida de su querido Hijo por nosotros, para que nuestra vida sea plena, para que nuestra vida sea Él.

No hay pandemia que pueda con la vida que en el Hijo de Dios se nos regala, no hay virus que destruya nuestra fe agradecida a tan sobreabundante amor de Dios.

Somos humanos, frágilmente humanos. Y el dolor de estos meses hace aún más visible nuestra vulnerabilidad. Pero ¡qué privilegio el de poder contemplar en estas fechas cómo el Señor no quiso ahorrarse nada de cuanto nos sucede a los humanos, por terrible que fuera, sino que, con amor y esperanza inquebrantables en Dios Padre, afrontó los suplicios más atroces por nuestra salvación!

¿No es una suerte volver a celebrar días tan santos, días en los que el Hijo de Dios e Hijo del Hombre se hace debilidad, víctima suma solo por puro amor?

¿No es un gozo volver a salir juntos a alabar al Señor que viene a nuestro encuentro en la carne del débil, del sin techo, del que padece hambre de justicia, del que carece de lo más necesario para sobrevivir? ¿No nos animaremos a tender a su paso nuestras túnicas, nuestras preocupaciones, nuestras horas para que Él pase por ellas y las honre, las unja de bondad y de ternura y las convierta en signo de esperanza?

¿No nos asombraremos viendo al Señor lavando nuestros pies, exhortándonos con Él a hacer lo propio: lavar, curar heridas, restablecer saludes, besar desvalimientos y cubrir con afecto solidario las carencias de los más humillados? ¿No es un don celebrar la última cena con Él, comer su carne y beber de su cáliz de amargura, ser amados por Él hasta el extremo, y escuchar de sus labios el “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”?

¡Que no agonice solo! Compartamos con Él la soledad del huerto, los azotes, la corona de espinas, el camino cruento hasta el Calvario, los insultos procaces y las burlas, su terrible expirar.

¡Qué árbol el de la cruz, qué fruto amado, que alivia en su pesar toda amargura!

Clavados en la cruz con Él, oigamos sus últimas palabras, dirigidas al Padre, a su madre María, a Juan, al Buen ladrón… ¡Qué hermoso verle amar así, morir así, a golpes de silencio y de perdón, dejándonoslo todo, hasta su ropa, su pobre, humilde ropa, la túnica tejida por María que no pueden rasgar las crueldades del odio más agudo! ¡No la echemos a suertes, porque es tanto el amor vertido en ella que nos cobija a todos, nos corresponde a todos, tiene poder para cubrir del todo nuestras fragilidades, olvidos, desnudeces!

Recojamos su cuerpo. José de Arimatea nos ofrece su huerto, con la tumba, excavada en la roca, aún sin estrenar. Depositémoslo en ella y lo velemos hasta que mane de él la luz resucitada que nos ayude a amanecer a todos.

Queridos diocesanos. Si nuestro deber de ciudadanos responsables nos impide salir a la calle, ungirlas de piedad con nuestras imágenes y pasos, sí podemos vivir en las parroquias y en las comunidades con más fervor que nunca este misterio del amor de Dios, el más sublime de todos los misterios: el misterio que funda nuestra vida, que aclara y da sentido y destino culminante a nuestro ser.

La liturgia actualiza en nuestras almas la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, el Hijo de Dios vivo que derrama hasta la última gota de su sangre por salvarnos, exhala hasta su último aliento por querernos. ¡Participemos en cuerpo y alma en ella al lado de Jesús, al lado siempre de todo aquel que sufre, del que apenas si puede con la carga pesada de la vida y está pidiendo manos y palabras de aliento, corazones que le ayuden a seguir adelante!

¡Vivamos la esperanza compartiéndola! ¿Qué suponen tres días de tinieblas frente a la aurora alegre del domingo, a la brisa celeste del Espíritu, a la vista radiante de la Resurrección?

 

 

 

Vicente Robredo García

Administrador Diocesano

 

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